viernes, 3 de junio de 2016

Las cartas nos franquean

Alfonso Reyes jugando con Alí, en Buenos Aires. 1927

 “...(y no sé de dónde ha sacado M. Lincoln Schuster que, en Venezuela, a condición de emplear un sobre rojo, las cartas entre los amantes gozan de un descuento de media tarifa postal)”

La cita anterior sorprende en el prólogo de “Literatura epistolar”, la magnífica compilación publicada por Océano, con un estudio preliminar de Alfonso Reyes, cuyo nombre es suficiente para entrar confiado al libro. Reviso el índice y la curiosidad me lleva a unas cartas de Saint-Évremond, famoso "libertino". Una, dirigida a la señora X.X.X y la otra al Conde de Grammont. Copio esta última: 

Me he enterado con gran dolor de vuestra segunda muerte y con gran alegría de vuestra segunda resurrección. Siempre escribo a mi héroe en un estilo poético; os diré, pues, en poeta, que sin duda habéis encontrado un vado en el Cocyto, pues lo pasáis y volvéis a pasarlo con una habilidad que yo no tendría para cruzar un arroyo. Lo difícil que me resultaría volver del otro mundo me sujeta a éste en la medida de mis fuerzas.

 (1700)

 

La traducción de la carta es otra grata sorpresa. La hizo Silvina Bullrich. A ella también se debe una breve nota en la que nos informa que Saint-Évremond (1610-1703) fue desterrado de Francia en tiempos del cardenal Richelieu, por una carta acerca de la paz de los Pirineos, en cuyas líneas juzgó “con impertinencia” al célebre ministro. Nada dice Bullrich de la fama libertina de Saint-Évremond. Sólo agrega que pasó en Inglaterra más de la mitad de su vida y que “la necesidad de comunicarse con sus viejos amigos aguzó" su talento natural para las epístolas.”
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Reyes cierra el prólogo citando al inevitable (e imprescindible) Dr. Johnson, para quien las cartas “nos permiten apreciar los actos en sus motivos, los sistemas en sus elementos”. Y añade: “Sin contar con el deleite desinteresado de viajar por estos paisajes interiores del hombre que sólo las cartas nos franquean”.
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Ahora viajo, precisamente, por los paisajes interiores alfonsinos, y encuentro en el muy valioso libro de Carlos García sobre la relación de Borges con Reyes ("Discreta efusión Alfonso Reyes-Jorge Luis Borges. Correspondencia y crónica de una amistad") una carta en la que el mexicano se refiere a Ortega. La carta no es para Borges, sino para Mallea: 

Caro Mallea: 

El ‘Goethe’ sigue en marcha. Pero voy procurando quitarle todo lo que tiene de efímero, de cosa escrita en tono de objeción o panegírico para un Centenario. Quiero que llegue a un equilibrio. 

La “Carta a un alemán” de José Ortega y Gasset me ha causado un verdadero arrobamiento, lo mismo que a usted. El gran escritor lo empuña a uno y lo transporta. Pero tiene la elocuencia engañosa de las sirenas. No se deje usted engañar. Ortega es sofístico y arbitrario. 

Esto se lo digo a usted en secreto. Esta carta es un desahogo que yo confío a su corazón de amigo, pero no quiero que le dé el aire, porque no quiero tener que sufrir en mis relaciones con José. Cuando entre él y yo se ha atravesado una pestaña, le confieso a usted que me sentí muy desdichado. Quizá Victoria (Ocampo) también podrá leer esta carta. Yo creo que le pasa con José lo que a mí: yo lo admiro, lo “amo” y no lo aguanto”.
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Ya -por un magnífico documento que Carlos García transcribe en el libro citado- sabíamos que Borges, en México (1973), recordaba que en una ocasión Reyes estuvo indignado por ciertas opiniones que Ortega había dado sobre Goethe. Esa vez Borges le pidió que escribiera sus objeciones y Reyes le respondió: “¡Pero cómo voy yo a polemizar con Ortega y Gasset!”. La tajante réplica de Borges era de esperarse:

Pero todos sabemos que usted es infinitamente superior a Ortega y Gasset”.  

Al recordarlo en México, Borges dijo:  

“... Reyes no podía admitir eso; siempre se sentía en actitud de discípulo ante escritores que eran ciertamente inferiores a él (…). Luego él encontró una salida; escribió un libro sobre Goethe, publicado por el Fondo de Cultura Económica en México. Ese libro viene a ser una respuesta a Ortega y Gasset. Ahora, aquí pueden haber influido dos cosas: por un lado, cierta timidez, porque creo que Reyes –a pesar de ser valiente-, y me consta que fue valiente- era tímido. Y también la cortesía, porque a Reyes no le gustaba disentir de su interlocutor. Y como era infinitamente inteligente, esto lo sabemos todos, a veces hasta inventaba razones en favor de su interlocutor y contra sus propias convicciones”.  

Algo parecido comentó Borges de otro amigo suyo, que lo fue primero de su padre. Antes de decir alguna frase memorable, Macedonio Fernández tenía por costumbre atribuírsela a su interlocutor. Usaba esta expresión: “Como dijiste vos los otros días…”, y de inmediato pronunciaba una genialidad.

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