miércoles, 23 de marzo de 2016

Poesía y política


Los Persas. Esquilo. Teatro El Tinglado Buenos Aires. 2013.
Dirección Mónica Maffia. Diseño y realización de máscaras: La Matricería
Seis de la mañana y la primera apariencia: cielo despejado. En unas páginas espléndidas, Cecil M. Bowra discurre sobre poesía y política. Camina calles por las que anda como Pedro por su casa: la Atenas de Pericles. Se las conoce, casi tanto como Mommsen, quien se perdía en la Berlín guillermina, pero no en Atenas, donde era capaz de ubicar fácilmente el escenario del “Fedro”.  

Da gusto acompañar a Sir Cecil. Describe, saluda. Se topa con Tucídides y le felicita por juzgar a los políticos por su desempeño y no por lo que dicen. A veces se detiene a indagar. Eso hace ahora con la tragedia: “La poesía más representativa de la Atenas del siglo V”. Encuentra en los “Persas” un ejemplo notable de cómo tratar un acontecimiento histórico reciente, porque Esquilo vio la guerra persa sub specie aeternitatis y no bajo la reducción de sus intereses inmediatos y locales. Le parece notable que “por mucho que los atenienses, como otros griegos, aborreciesen todo lo que los persas les hicieron”, conservaran un alto sentido de la valía personal de sus enemigos. No se cegaban ante ella. Con inevitable lógica, Bowra afirma que la magnitud de la victoria griega habría quedado disminuida “si Esquilo hubiese presentado a los persas bajo una luz despectiva”. 

El capítulo acerca de poesía y política de “La Atenas de Pericles” es un lúcido ensayo sobre la tragedia, vista “como la heroica aceptación de los destinos”, para decirlo con palabras de Roland Barthes, quien una vez nos recordó que la tragedia era una verdadera “escuela de estilo”. Y de dignidad, añadiría Bowra en el umbral de su siguiente estancia: la de “la oposición ateniense”.  

Antes, el profesor de Oxford también había citado a Eurípides con este ruego que la madre hizo a Teseo en las “Suplicantes” y que nunca ha dejado de tener resonancias:

Mira cómo tu país, indefenso y ultrajado,
 levanta sus ojos centelleantes contra quienes lo ultrajan.
 En su desdicha encuentra fuerza.
 Se crece en medio de las ciudades que vegetan secretamente
 y en la penumbra.
 Tienen miradas sombrías, por sus cautelosos planes.
 Esos hombres muertos y esas mujeres que lloran necesitan
 tu ayuda, hijo mío, ¿No se las darás?”
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(La Atenas de Pericles, C. M. Bowra)

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Ahora recuerdo que Louis MacNeice y W. H. Auden le dejaron a Sir Cecil Maurice Bowra, por testamento, “una cúpula de cristales multicolores”.

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