martes, 5 de mayo de 2015

La veneración de las astucias


Juan Nuño. Foto de Jaime Ballestas. Cortesía de Ana Nuño
 
El tenaz sindicato de lectores anti-Nuño, que acostumbra expresarse mediante irritadas cartas al diario El Nacional, tiene ahora la oportunidad de su vida: un blanco de casi trescientas páginas con abundante tela que cortar, denominado borgeanamente La veneración de las astucias (Monte Ávila Editores, 1990). En él encontrarán los citados agremiados material propicio para ejercer su oficio predilecto: disparar contra el filósofo y rescatar de sus garras –su pluma- algunas creencias heridas, ciertos ídolos ofendidos y una que otra ideología lacerada. No es permisible para esa aguerrida corporación nacional la impunidad del iconoclasta que suele despertarlos de algún bello sueño o tirar de la mullida alfombra que pisan desde siempre. Si algo caracteriza a los integrantes del (co)mentado sindicato es la persistencia en la carencia absoluta de humor. Ni una pizca de él, menos para reírse de sí mismos. Nada que los distraiga de la seriedad “académica” o de los férreos “principios” seculares. Nuño los saca de sus casillas (a las que terminan tozudamente por volver), no sólo porque escribe lo que escribe, sino porque, además, lo hace con gracia, con brillo expresivo impropio de los profesores de filosofía, casi siempre secos y acartonados. 

La veneración de las astucias es una invitación a pensar. Tal como su maestro García Bacca afirmó en el prólogo del delicioso Elogio de la técnica, para unos resultará un aperitivo y, para otros, un insulto. Como todo libro escrito con inteligencia y agudeza, éste de Nuño es capaz de sacudir, de agradar, de seducir, de provocar y de dejarnos inermes ante algunos mitos.  

Un filósofo que vuelve su mirada crítica al mundo cotidiano, no puede resultar anodino para ningún lector. Se le rechaza de entrada, para terminar doblegado por su lucidez o se le acepta desde el primer momento para disfrutarlo, aunque en algún momento sintamos distancias menores con su pensamiento. En todo buen lector quedará el sabor inconfundible de una prosa que no nos da cuartel y que nos trata como si nosotros también fuéramos Nuño, detalle nada insignificante que debe agradecérsele. 
 
Lejano eco del nombre de la rosa y Ortega invertebrado son dos muestras de letal escritura, a través de la cual se desmonta un culto de hogaño y se derriba la vieja tradición encantatoria de un mecánico orteguismo. Creo que no es tanto la disección minuciosa empleada en los textos mencionados, sino el modo de demolición, mediante incisiones efectivas, lo que resulta suficiente para el desplome de las supersticiones atacadas. Así, celebro, por ejemplo, una frase como esta: “…gracias a Kafka por no parecerse ni por asomo al insufrible Brecht, tan directo, tan lleno de didácticos y liberadores mensajes”. 

Pienso que no es el admirable arte de injuriar, tan exaltado por Borges, arte oblicuo, semioculto o torvo, sino el dardo directo, certero, casi inclemente el que maneja Nuño. La víctima pasa a ser otra, aunque no deje de ser tan bueno como dramaturgo ni empeore ni mejore como libretista de telenovelas, tal un caso reciente no incluido en el libro y que nos toca más de cerca que Brecht. El receptor del dardo, digo, se torna otro, porque cesa la veda en torno suyo. Nuño nos ha recordado que es mortal.

(…)

Esta noche, en el Museo de Barquisimeto, tendremos los barquisimetanos la oportunidad de escuchar al autor de La veneración de las astucias. Borges nos convoca. 

FCC, Juan Nuño en el Museo.
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(Este artículo fue publicado en El Impulso, el 16 de marzo de 1990. Acompañaron a Juan Nuño en su conferencia, Rafael Arraiz Lucca, Gustavo Arnstein y Vicente Guerrero).

 

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