sábado, 27 de abril de 2019

Auto de Fe con Torquemada incluido



 Pedro Berruguete. Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán

Un obispo se dirige a otro obispo, muerto hace muchos años y al que acaban de desenterrar para cumplir con un auto de fe inexorable. Le refiere que después de su muerte sagrada fue descubierto un libro secreto que reveló la comisión de una grave herejía, pregonada ante muchos inocentes que le creyeron. No le da, por supuesto, la absolución, pero le pide a Dios piedad para su alma y ordena a los enterradores que lo trasladen de inmediato a la pira, preparada ya para recibir el herético esqueleto. El obispo contempla satisfecho las llamaradas que acaban con el féretro y su contenido. Parece decir: “No más cambios en el dogma de la Santísima Trinidad. Ya el fuego ha purificado todo”.

La escena anterior, como algunos recordarán, es de La Vía Láctea, una película que no pude ver completa la primera vez, en la Sala de Conciertos de la UCV, pues mis invitadas, católicas acérrimas, no aguantaron al ateo Buñuel y se salieron. Por razones distintas, como podría inferirse, yo las seguí en la retirada. A los pocos días, solo, vi la espléndida película que hoy he vuelto a recordar, por unas páginas sobre la Inquisición que acabo de leer. En ellas, la excelente pluma de Julio Caro Baroja, sobrino de quien sabemos, se acerca a la figura humana del “inquisidor” y lo hace con tal gracia y seguridad que después de leerlas uno podría revisar la rigidez de nuestras opiniones, comenzando por reconocerlas rígidas…

A pesar del acercamiento al talante no tan odioso de unos pocos “inquisidores”, la inmensa chamusquina que el ominoso Tribunal desplegó a lo largo de la historia, hace cuesta arriba cualquier intento parcial de dispensa. Claro, siempre tendrá apologistas, como lo afirma Caro Baroja al final de su estupendo ensayo. Y lo que es peor: algunos practicantes del ominoso Oficio, que, bajo otros nombres e “ideologías”, prolongan los afanes “purificadores” de todo inquisidor que se respete.
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Confieso, para terminar con cierto humor, que, además, de recordar a Buñuel cada vez que oigo hablar de inquisiciones, viene también a mi memoria el venezolano Aquiles Nazoa, quien en una de sus divertidas piezas de “teatro para leer”, puso en boca de Isabel la Católica estos versos que ella le habría dicho a Colón, quejosa como estaba por las famélicas arcas de la Corona:

Le adeudamos/ a Marchena/ su quincena/ de oración./ “Torquemada/ brinca y salta/ por la falta/ de carbón.

Brincaba y saltaba de rabia, desde luego, al no poder avivar las imprescindibles hogueras de su Santo Oficio...

domingo, 21 de abril de 2019

El Papa César Borgia




 Jacob Burckhardt, camino a sus clases, cruza frente a la catedral de Basilea

Anoche, al volver sobre la conjetura de Burckhardt acerca de un posible papado de César Borgia, recordé vagamente una lectura sobre esa hipotética investidura. Supuse que se trataba de un texto de Alfonso Reyes y fui por él. Nada. No estaba en el prodigioso ensayo que el mexicano le dedica al fascinante historiador de Basilea. Ya aparecerá, me dije con resignación y tomé un libro que había bajado para revisar la mirada de su autor sobre el Renacimiento. El azar concurrente que me persigue siempre, se manifestó de inmediato. En esas páginas estaba la referencia que minutos antes había recordado como de Reyes. Me alegró mucho más de lo que hubiera podido imaginar, pues, además de  encontrarla con rapidez inesperada, el autor del texto era un venezolano: mi admirado Mariano Picón Salas. Y por algo más: se trata de una hermosa página imaginativa del merideño que no aguanto las ganas de glosar. Acá va.

Durante una temporada en Florencia, Picón Salas se buscó dos compañeros: Stendhal y Burckhardt. Esos florentinos honorarios fueron sus guías. Iban con él a todas partes. El venezolano los ponía a dialogar y mientras el francés pedía helados y el suizo café, anotaba. Anotaba, por ejemplo, cómo a Stendhal lo complacía la deliberada tranquilidad de Maquiavelo para narrar los crímenes de César Borgia (“bello por fuera y terrible por dentro”) o cómo Burckhardt insistía en su desconfianza por los sacerdotes y decía compartirla con un joven colega suyo: Friedrich Nietzsche.

Justo en este punto apareció la conjetura “borgiana”. El humanista recordó que al estudiar detenidamente la historia italiana para escribir sus libros sobre el Renacimiento, llegó a una curiosa hipótesis que nadie había formulado antes: “César Borgia estuvo a punto de ser Papa” y de no haberse producido la temprana muerte de su padre Alejandro VI, el veneno y el asesinato mercenario habrían liquidado con prontitud a los cardenales opositores, y el “divino” César, “para ganar la elección, hubiera dispuesto de un Cónclave apaciguado y propicio”.

Me figuro el deleite de Picón Salas cuando le oyó decir a Burckhardt que esa “diabólica conjetura” se la comunicó a Nietzsche, quien “se entusiasmó con la idea”. Anticristiano como era, el joven filósofo le añadió a la hipótesis del viejo maestro consecuencias por él deseadas: “la más rápida destrucción del Cristianismo, el final de Papado y la expansión de la idea renacentista por toda Europa, librándonos acaso a los alemanes de nuestra Reforma”.

En el imaginario diálogo, el historiador le dice al autor de “La cartuja de Parma”:

“Sin llegar a una interpretación tan radical como la de mi joven colega, yo supongo que para Europa hubiera sido inconveniente esta especie de interregno sombrío de un pontificado de César Borgia en cuanto provocaba, por reacción, en la propia Italia el movimiento de la Reforma… Nosotros, amigo Stendhal, compondríamos ahora los más bellos libros sobre el pontificado de César Borgia”.

Adivino la sonrisa de los contertulios. También, la del escriba, mi ilustre paisano Picón Salas.

Escrito está en mi alma vuestro gesto


 Bartolomeo Veneto. Retrato conocido como Flora. Supuestamente, Lucrecia Borgia



Que César y Lucrecia fueron los hijos más inteligentes de Rodrigo Borgia, parece no haber dudas. Tampoco, que fueron los más calumniados, aunque muchas de las cosas que se cuentan sean ciertas. Eso nos dice Vicente Blasco Ibáñez en la novela que dedicó a la historia de la famosa familia valenciana (“A los pies de Venus”), para poner, con más simpatía que indiferencia, algunos puntos sobre las íes.

Pasa siempre. Mucha gente divide en blanco y negro y desdeña los matices, aunque desde el negro o el blanco que finalmente representan, se proclamen tolerantes. Basta ver sus discursos, para apreciar cómo involuntariamente se les cae la máscara. No pueden. “Es que somos así”, podrían decir, siguiendo al viejo escorpión de la fábula. Pero no, no lo dirán jamás. Recogen la máscara caída y se la ponen, como Julio II en la historia vaticana. El equivocado será siempre el otro y el mensaje de evidente sectarismo que profieren es sólo una “sana advertencia”, de la que ellos son afortunados portadores.  Es sólo un llamado “generoso” y regañón para que el otro, pobrecito, rectifique. Dan ganas de ponerles la aureola de santidad. César Borgia, que no se andaba con rodeos, jamás les creería  el cuento, como no se los creyó ni a los Sforza ni al cardenal Della Rovere, hasta que tuvo con el último el costoso descuido que le imputó su brillante amigo Maquiavelo y que mi maestro Juan Nuño, a quien he intentado copiar en esta digresión, no desmentiría…
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Volvamos a Blasco. Seguramente, si no hubiese actuado en política de la exitosa forma en que lo hizo, Alejandro VI sería parte de los muchos papas concupiscentes y casi anónimos que lo antecedieron.  Pero no, puso la pica valenciana en el Flandes italiano y dio cuenta de los Orsini, güelfos o pretendidos tales, y de los Colonna, supuestos gibelinos (Burckhardt dixit). Eso bastó para que la ojeriza universal se cebase en su contra, y no hubiese “historia universal de la infamia” que lo tuviera casi como ejemplo único, junto a sus hijos, especialmente, junto a los dos más destacados: César y Lucrecia.

Con Lucrecia, más bella que la muy atractiva Catalina Sforza (lo que ya es decir), la jauría no escatimó denuestos ni exageraciones para descalificarla.  Así lo dice Blasco Ibáñez en el citado libro, en cuyas páginas se toma varias licencias, adorables a través de algunos personajes. De ese modo, Enciso se expresará de la Duquesa de Ferrara con estas palabras:

“—Muy mujer, muy aficionada a vestidos y joyas: ninguna de su tiempo poseyó tantos trajes (…). Algo indolente y pasiva pero de gran talento. Hablaba el italiano, el francés, el griego y el latín, (inútil mencionar las lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de la familia.) Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y ardorosos, todos tenían algo de poetas. Una hermana de Alejandro Sexto, doña Tecla de Borja fue notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de Italia”.

La mención de los poetas me recuerda la escena del Sacro Colegio, un mes después de la boda de Lucrecia. Allí se deliberó acerca de la polémica abdicación de César como cardenal. En el consistorio, Garcilaso de la Vega, padre del poeta homónimo, se opuso con ahínco,  pero sin éxito, a la dimisión cardenalicia del más temido de los Borgia. De la Vega siguió instrucciones de su rey Fernando el Católico, otro posible Príncipe de Maquiavelo. No ignoraba don Fernando los peligros que suponía la estudiada renuncia de ese capelo...

Sirva la mención del poeta toledano, predilecto de Cervantes, para cerrar con un célebre verso suyo esta breve evocación de los Borgia. Bien podría Blasco Ibáñez habérselo dedicado a Lucrecia. Vamos, que se lo dedicó:

“Escrito está en mi alma vuestro gesto”.