martes, 11 de noviembre de 2014

Alción




Es mérito de los griegos y de Ovidio. El mito narra la historia de una metamorfosis. Alcíone, hija de Eolo, fue transformada por Zeus en pájaro ( martín pescador).  

Ovidio, a su vez, convirtió ese mito en una hermosa fábula. Son varias las versiones, pero en todas encontramos a un alción con tiempo y paz para incubar sus huevos. Lo hace en nidos que flotan sobre el agua, en medio de olas calmadas, durante siete días antes y siete días después del solsticio de invierno. 

El texto de Ovidio termina así: Eolo guarda los vientos y les impide salir, y serena el mar para sus nietos.
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Por más que arrecie, siempre habrá un momento (y un recodo) para Alción. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

El diarista

Ernst Karl Eugen Körner. El patio de la reina
 
Dos vueltas al parque y Su Ilustrísima. Sereno, dichoso en la casa sola, el fulgor con sus alas.
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El diarista está en Sevilla y dice que ha visto en la huerta de la reina muchas matitas de rosas cargadas de flores que no tienen de alto sino como media vara y forman una preciosa maceta. El diarista es minucioso y da también la medida de los pequeños jarrones: una tercia de alto y una cuarta de diámetro.  

El diarista es un desterrado venezolano. Desterrado por la intemperancia de tirios y troyanos. Más por los suyos (los conservadores) que por sus adversarios los federales.  

Hoy es 29 de abril de 1863 y ha recibido cartas de Anita Herrera y de Alegret. Éste le informa que ya envió sus libros con dirección a La Guaira en el bergantín "Jaime". Cuando lee la noticia recuerda unas ruinas y vuelve a pensar en la guerra que aniquila a su país y que debió evitarse a toda costa. Así lo dijo hace unos meses y fue acosado hasta el destierro. 

Todavía en su patria Valentín Espinal es casi un secreto.

sábado, 1 de noviembre de 2014

BRICEÑO GUERRERO


José Manuel Briceño Guerrero (1929-2014)  en la UNEY
 
Con José Manuel Briceño Guerrero se nos va, probablemente, el más importante pensador venezolano contemporáneo. Perteneció a una generación de destacados intelectuales que hizo del estudio y la escritura una ascendente forma de vida. Entre ellos, fue Briceño el maestro por excelencia. Por eso, su palabra seguirá resonando como aliento para muchos y no sólo como merecido objeto de aplausos y reconocimientos.  

Compartió sus saberes en diversas aulas. Desde hace mucho las prefirió abiertas, no ceñidas a la burocracia académica ni a los calendarios administrativos. Así, ideó el postgrado lento, entregado con parsimonia a la charla, la reflexión y la lectura, sin prisa por la retribución en títulos o en premios. Leyó –y procuró que lo hicieron también sus discípulos- a los grandes autores en su lengua original. A los idiomas dedicaba largo tiempo, como buscando en ellos una música primigenia. Le oí contar un día su encuentro con Borges. El gran argentino, cual Ulises en su Arte Poética, “lloró de amor” al oír a Briceño escanciar hexámetros de Homero. La escena es imborrable. Le pregunté si la había escrito y me dijo que no. No me aseguró que lo haría, pero ojalá lo haya hecho. 
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Cuando alguien que lo escuchaba hablar de Descartes estaba a punto de tenerlo como un “homme de raison”, debía morderse la lengua, pues en cualquier momento el Viejo se desplazaba por los caminos de las leyendas y los sueños. Entre sus saberes no estaban sólo los del Siglo de las Luces. Le entusiasmaban los ritos, los silencios míticos, las magias ancestrales.  

Por sus muchos viajes, estudios e idiomas, fue universal. También lo fue porque nunca dejó de ser llanero de Palmarito y Barinas, larense de Barquisimeto y Carora y andino de la noble sierra merideña.
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Se fue el último día de octubre, víspera de santos y de muertos. Se montó en “el Viajadero” de su infancia y anda ahora por las nubes.

lunes, 27 de octubre de 2014

De políticos y escritores


Azaña. A su derecha, Herriot, en el centro.
En el grupo, Gregorio Marañón, Luis de Zulueta,
Fernando de los Ríos y Salvador de Madariaga, entre otros.
Toledo, octubre de 1932.

Viene de ver un hermoso poniente en la carretera de Colmenar, donde sintió “frío y un poco de tristeza”. Ahora está en su despacho del ministerio. Se asoma a la ventana y piensa en que el cuarto de hora de lucidez no va a llegar todavía. ¿Será que yo mismo lo retraso?, se pregunta. Toma la pluma y escribe en su diario: 

Me extravía mi formación de artista y mi sensibilidad por lo histórico; y temo que he transportado la acción política al ángulo inmensurable de los valores estéticos (…) Otras veces la repulsión es tanta, que siento náuseas e impulsos de fuga. Resulta que procedo en mis movimientos interiores, como si me sorprendiera mucho que la política esté apestada de necedades y miserias, de vanidades, de torpes intenciones; y mi enojo parece pretender que se realizase una política sin tales bajezas 

Es el día de Navidad de 1932. Manuel Azaña confiesa que tiene miedo de perder su libertad interior.
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Dos meses antes había sido visitado por el biógrafo de Beethoven que preside el Consejo de Ministros de Francia. Nada registró de esa visita,  que consideró inoportuna, y que Madariaga, un tanto a su aire, armó en Ginebra. Pero la omisión no se debe a disgusto alguno. Simplemente, Azaña había interrumpido la escritura de su diario esos días.  

Es una lástima que durante el (des)encuentro de los dos políticos no haya habido el cuarto de hora de lucidez para el encuentro de los dos intelectuales. Bueno, eso es lo que presumo, al no leer en entradas posteriores la más mínima alusión a una empatía.
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Retorno a Picón Salas, de donde partió este recuerdo: 

El verdadero hombre normal, de cuerpo y psique equilibrados, es político como cumpliendo un servicio y sin aspirar a la fórmula única y excluyente de la felicidad humana. Puede salir de su discurso en la Cámara a escuchar un concierto y continuar escribiendo una biografía de Beethoven, como hacía Herriot

(Regreso de tres mundos)
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Y pensar que muchos “príncipes”, de antes y de ahora, son menos confiables que el caballo de Calígula.
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Comienza la semana. Cielo arrumazado. 

Unas palabras de Garcés, personaje de Manuel Azaña, que parece apropiado recordarlas, hoy y aquí: 

Ninguna política puede fundarse en la decisión de exterminar al adversario. Es locura, y en todo caso irrealizable. No hablo de su ilicitud, porque en tal estado de frenesí nadie admite una calificación moral. Millares de personas pueden perecer, pero no el sentimiento que las anima. Me dirán que exterminados cuantos sienten de cierta manera, tal sentimiento desaparecerá, no habiendo más personas para llevarlo. Pero el aniquilamiento es imposible y el hecho mismo de acometerlo propala lo que se pretende desarraigar. La compasión por las víctimas, el furor, la venganza, favorecen el contagio en almas nuevas. El sacrificio cruel suscita una emulación simpática que puede no ser puramente vengativa y de desquite, sino elevada, noble. La persecución produce vértigo, atrae como el abismo. El riesgo es tentador. Mucho puede el terror, pero su falla consiste en que él mismo ‘engendra la fuerza que lo aniquile, y al oprimirla multiplica’ su poder expansivo. 

Lo escribió Azaña en el 37. Están en ese libro imprescindible para la historia española de este siglo que es La velada en Benicarló.

sábado, 25 de octubre de 2014

Con uno basta


André Gide
 
Escribir el día o dejar que en la página respire sólo esta palabra: limpidez.
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Volver a un poeta que deambula en el jardín. Oír su soledad y sospechar su drama íntimo, mientras lo vemos recostarse a un árbol, taciturno. Abrir después su libro y leer lentamente aquellas líneas afligidas ante la inesperada ausencia de una sombra tutelar.   

Es 1951. Luis Cernuda acaba de enterarse de que A. G. ha muerto y escribe:
 
Que el tiempo es duro y sin virtud los hombres.
Bien pocos seres que admirar te quedan. 

Creo que a veces he sentido lo mismo. Y algo peor, quizá: ya casi nadie se lamenta de esa triste suerte.  

Por fortuna, el propio Cernuda me recuerda que el hombre es noble y que nada importa que tan pocos lo sean, porque “uno, uno tan sólo basta/ como testigo irrefutable/ de toda la nobleza humana”.
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En la página, canta la paraulata del balcón.

lunes, 20 de octubre de 2014

La virtud de elegir o la libertad de la elegancia


 
Cinco de la mañana y unas líneas de Ortega sobre la elegancia. Hace poco, en un breve artículo acerca de un amigo, hice uso del término en su sentido orteguiano: la elegancia como ética, no como etiqueta. Para apoyarme, cité a Guillermo Sucre, quien, en un breve y estupendo ensayo de los años noventa, nos dijo que el alma era el lugar de la elegancia, y que, si bien ésta puede avenirse con la inteligencia, jamás se asociará a la exhibición de “virtuosismos” o de “astucias”. Recordó al santo patrón de los ensayistas, para decirnos que la bondad y la piedad están por encima de “ideas” o de “ocurrencias”. Ahora mismo tengo a mi vista un texto de Montaigne en el que, hablando de la presunción, declara su inclinación por el sosiego de las opiniones y costumbres, antes que por la vivacidad del ingenio o por la "brillantez" de alguna acción.
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Ortega leyó la palabra y encontró esto:  

En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos”.
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El anotador vuelve a Montaigne y recuerda que no basta con analizar las virtudes (la elegancia incluida) ni estar enterados de su origen. Es necesario amarlas.

lunes, 13 de octubre de 2014

La elegancia de Ramón Guillermo

 
Conocí a Ramón Guillermo Aveledo en primer grado y es mi amigo desde entonces. Por eso, creo que puedo dar fe de su formidable trayectoria y de sus cualidades. No voy a repetir lo que muchos –con razón y justicia- han expresado acerca de su brillante desempeño como actual dirigente de la unidad y la concordia. Suscribo las expresiones que destacan su  moderación (también su firmeza) y el pedagógico sentido de su renuncia a la Secretaría Ejecutiva de la MUD, presentada al final de un discurso memorable que demanda varias relecturas. Aunque el tópico de la modestia recomienda no incurrir en el elogio a los hermanos (Ramón Guillermo lo es para mí), en esta ocasión voy a desoírlo y compartiré estas breves líneas sobre algunos de sus dones.  
Comienzo con lo que podría llamarse la fidelidad a una vocación. Ramón Guillermo sintió desde muy temprano el llamado de la política y se preparó con entusiasmo para asumirlo a plenitud. Corrijo: inició una permanente preparación para el buen ejercicio de ese llamado cívico. Su inteligencia y su cultura (ambas elevadas y vastas), le han servido para cumplir a cabalidad un ideal político. Escribo esto a sabiendas de que parecen lugares comunes, pero con la seguridad, de que, lastimosamente, no lo son. No es frecuente afrontar una vocación como la política, con la integridad moral con la que Ramón Guillermo Aveledo lo ha hecho, alejado por completo de los estereotipos que genera el pragmatismo. En alguna ocasión comentamos un magnífico ensayo de Ortega y Gasset, acerca de Mirabeau. Acabo de volver a esas páginas para hacer esta cita que se aviene con mi amigo: “…el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona”. Y es de eso de lo que estoy hablando cuando me refiero a la fidelidad a una vocación y, sobre todo, al cultivado y responsable ejercicio de la misma.  
En tiempos de discordias y de enconos, se hace más visible -por escaso- otro de los atributos de Ramón Guillermo: la serenidad, tan necesaria hoy en un país reñido con el sosiego. Poco hacemos con la lucidez de un análisis dirigido a explicar, entre otras cosas, la crispación que nos avasalla, si en la práctica no se alcanzan la forma y los modos para reconocernos y construir, antes de que sea tarde, los espacios para el reencuentro. Esa es tarea de todos, y no realizarla comporta graves riesgos. No hace mucho Ramón Guillermo citó a Julián Marías y nos recordó, con base en la sangrienta experiencia española, el ominoso horizonte que nos amenaza, de seguir empecinados en nuestras mutuas  ignorancias. 
 
Si bien son muchos más los dones que podemos mencionar de Ramón Guillermo, mencionaré, para cerrar estas líneas, uno que podría resultarle banal a quienes se queden en cierto uso superficial del mismo: la elegancia. En un país que ha perdido las formas (lo cual es un serio problema de fondo), ser elegante no es nada menor o baladí. La elegancia es una virtud del alma, como escribió alguna vez Guillermo Sucre, uno de nuestros mejores ensayistas. Por ser del alma, es un privilegio ahora no tan extendido. Nos impide el odio y nos permite la casi extinta higiene del buen trato. Ramón Guillermo posee elegancia y la lleva, no sólo en sus maneras, sino –y sobre todo- en su expresión suprema: la decencia familiar y ciudadana.  
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(Artículo publicado en El Impulso. 13 de octubre de 2014)
http://elimpulso.com/articulo/la-elegancia-de-ramon-guillermo