viernes, 1 de agosto de 2014

Gallardía


Retrato de Dante Alighieri. Anónimo de la segunda mitad del siglo XVI
 
 
En casa busco la palabra que esta mañana recordé al pensar en un amigo y encuentro en Dante esta lectura: 

El hombre amado por la gallardía da y recibe sin sentir pena; no le pesa al sol dar su luz a las estrellas ni ayudarse de ellas en la producción de sus efectos, porque en lo uno y en lo otro, bien sabe conseguir deleite. No se deja arrastrar por la ira en sus palabras, sino que sólo recoge aquellas que son buenas, y sus consejos resultan discretos y elegantes; amado por sí mismo y deseado de las personas sabias, pues aprecia igual las alabanzas y el desprecio de las personas toscas; por ninguna grandeza se otorga al orgullo, sino que, cuando le parece que es conveniente mostrar su franqueza, también entonces merece nuestro elogio…”  

(Al viejo amigo, RGA, que por estos días es noticia)

lunes, 30 de junio de 2014

(U)topía


Theodor Mommsen (1817-1903)
 
Llueve en el valle de las damas, mientras doy comienzo a mi primer viaje del día. Releo en el diario de Eliade el comentario que una vez, cuando comían juntos, le hizo Carl Schmitt sobre Mommsen: “Ha desempeñado un papel nefasto en la cultura europea. Destruyó a Bachofen y desdeña lo simbólico en la historia”.  

Busqué la cita, porque acababa de recordar otra mención, muy distinta, que el mismo Mircea Eliade hizo del viejo historiador. En su libro Ocultismo, brujería y modas culturales refiere una deliciosa anécdota de Mommsen, que Serafín Senosiain en El cuerpo tenebroso, resumió de esta manera: 

Un profesor de Bucarest marcha a Berlín, en la década de 1890, con la intención de asistir a una serie de conferencias del famoso historiador Theodore Mommsen. En su primera charla se dedicó a describir Atenas durante la época de Sócrates; marchó hacia la pizarra y, sin una sola nota como apoyo, bosquejó el plano de la ciudad tal como era en el siglo quinto; ubicó templos, fuentes, parques y edificios famosos y reconstruyó el escenario del Fedro y el posible lugar del diálogo. El profesor de Bucarest, asombrado por la memoria y erudición del conferenciante, permaneció en el anfiteatro una vez terminada la exposición. Relata Eliade: ´vio entonces a un valet entrado en años que se aproximó y tomó amablemente a Mommsen del brazo, encaminándolo hacia la salida. En ese momento un estudiante que todavía estaba allí explicó que el famoso historiador no sabía ir solo a su casa. ¡La mayor autoridad viviente sobre la Atenas del siglo quinto se perdía en su propia ciudad, la Berlín guillermina´”.
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Perderse en todas las ciudades -incluida la propia-, como se pierde uno en un bosque, requiere aprendizaje. Lo dijo Benjamin, sabio en pasajes y direcciones únicas.  

Vivir en otra, imaginaria o del pasado más remoto, es una dicha. Supone amor y poesía.

martes, 24 de junio de 2014

Ramón J. Velásquez y la unidad


La magnífica semblanza que Ramón Jota hizo de su amigo y paisano Leonardo Ruiz Pineda se cierra con una noble imagen de esperanza, en dos tiempos sombríos de nuestra historia.  

La vida política e intelectual de Velásquez testimonia su permanente búsqueda de la concordia y los consensos. Hoy se nos fue, dándonos el consejo que estos párrafos suyos estampan con sabia elocuencia:   

"LA GARITA DE JUAN PABLO 

Hace muchos años, Juan Pablo Peñaloza, preso, destrozado por la hemiplejía, octogenario, doblegado por los grillos, mirando la lejana garita del Castillo, decía a otro prisionero: ´Andrés Eloy, si todos nos unimos llegaremos allá arriba´. Y el poderoso inválido mostraba desde el foso, la alta garita del vigía que era el símbolo de cuanto secuestraba a Venezuela como dentro de una muralla china. 

Muchos años más tarde, otro guerrillero de la libertad, capitán de la esperanza como aquél, Leonardo Ruiz Pineda, en trance de muerte dejó en su testamento el mismo consejo e igual mandato. En la noche tremenda de la recaída tiránica, abrió caminos y juntó voluntades para decirles, señalándoles, no la garita del Castillo, sino el lejano castillo de la libertad secuestrada: ´Si todos nos unimos llegaremos allá arriba´”.

martes, 17 de junio de 2014

Una caravana para Julián Marías



Hoy Julián Marías cumple cien. En los últimos años lo he leído con frecuencia, sintiendo por momentos que recuperaba a uno de los mejores maestros de mi bachillerato, aunque nunca lo hubiese visto en mi vida. Así, he recibido nuevamente sus clases luminosas, como si tuviera en mis manos aquella historia de la filosofía que me acompañó en los pasillos del liceo Lisandro Alvarado, junto a otros autores, para entonces, entrañables, familiares. Con un querido compañero compartía esas lecturas, que, seguramente, eran notables. No se me olvida que Juampa, estudiante de Ciencias (yo lo era de Humanidades), llamaba a mi amigo, “Julián Marías”, y a mí, “Salvador de la Plaza”, enlazando nuestras búsquedas diversas con su amable saludo mañanero. De algún modo, ese saludo era una crónica.  

El nuevo encuentro con Julián Marías me ha deparado la aproximación a su impecable y oportuno magisterio cívico. Gracias a su hijo Javier, fui acercándome a una imagen del filósofo mucho más admirable de lo que ya era para mí. En  Tu rostro mañana se yergue una digna y sufrida figura intelectual, por encima de los feroces enconos de la época, y de cualquier asomo remoto de venganza. Por esas páginas de Javier, volví a las del filósofo olvidado y descubrí las del gran memorialista de Una vida presente.  

No voy a repetirme recordando hoy sus reflexiones “alciónicas” en la España crispada de su tiempo o su formidable y oportuna reivindicación de Jovellanos. Me he prometido retomar los fragmentos ya escritos por mí y convertirlos en un ensayo dedicado a esas lecturas, pero eso será más adelante. Ahora sólo vuelvo a una escena de la infancia en Valladolid, que subrayé en el primer tomo de Una vida presente y que me parece hermosa. La copio, para hacerle hoy a Julián Marías la afectuosa reverencia que merece su memoria:

Volvíamos de pasear por la Rubia, en las afueras de la ciudad. Me llevaba en brazos Filomena, porque estaba cansado. De repente me dijo: ´Ahí vienen unos cerdos´. Yo sentí viva excitación; había oído hablar de cerdos, pero nunca había visto ninguno; ahora iba a contemplarlos y ver cómo eran. Le dije a la niñera: ´Cuando lleguen cerca, déjame en el suelo´. Avanzaba en dirección contraria una pequeña piara. Lo miré con atención un poco reverencial, y cuando llegaron a mi altura me quité una gorrita que llevaba y les hice un solemne saludo, el primero de mi vida”.

sábado, 24 de mayo de 2014

La Oración de Pericles


Pericles. Krésitas
 
Temprano en el balcón: el sol, la yerbabuena y unos trinos. También una página de Bowra, en la que el agudo inglés elogia el estilo difícil de Tucídides, quien hasta en sus momentos de mayor sencillez, se desplaza entre perífrasis y antítesis. Pero uno se amaña, nos dice Sir Cecil y le va tomando el gusto a esas cadencias invertidas.
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Si bien en el legado griego, son notables la Oración de Pericles y su espíritu humanista, también anda por allí –advierte Bowra- el discurso de Cleón con su reclamo de degüello colectivo. 

No olvidemos tampoco la lucidez del historiador al discurrir sobre la guerra civil de Corcira y los signos fatales que la anunciaban.  

Tucídides muestra la degeneración gradual de Atenas, tan por debajo ya de los ideales de Pericles”, concluye Bowra.
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Ha mucho tiempo de la guerra del Peloponeso y todavía seguimos en deuda con Pericles. 

martes, 6 de mayo de 2014

Píndaro y las papas


Virginia Woolf 

Leo en un libro de Virginia Woolf su lúcida respuesta a la solicitud de opinión (acompañada de la petición de una ayuda económica para el fondo de reconstrucción de un Colegio Universitario) que los dirigentes de una causa justa le habían formulado. Le preguntaban cómo evitar la guerra. Leo, por supuesto, Tres guineas, y me convenzo, una vez más, de su vigencia, no sólo en lo tocante al tema de los géneros, sino también en la armoniosa aplicación que los sólidos argumentos de la Woolf tienen para otros ámbitos de nuestras vidas.  

Sí, se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena, exigen nuestra confianza cuando tienen el agua al cuello, sin habernos hecho partícipes antes de lo que se traían entre manos, sin haber abierto previamente las puertas de sus centros de enseñanza o de cultura, menos aún, de su lugar de decisiones. Y lo peor: sin haberse hecho autocrítica alguna, gozosos como son de su arrogancia. 

Tiene la palabra Mrs. Woolf: 

…si bien fue sorprendente que me pidiera la opinión sobre la manera de evitar la guerra, más sorprendente es aún que me pida le ayude, en los un tanto abstractos términos de su manifiesto, a proteger la cultura y la libertad intelectual. Quizás usted pregunte: ¿Y por qué es esto tan sorprendente? Supongamos que el dique de Devonshire, con su estrella y su liga, entrara en la cocina y le dijera a la criada dedicada a pelar patatas, con un tizne en una mejilla: ´Deje de pelar patatas, Mary, y ayúdeme a estructurar cierto párrafo un tanto difícil, debido a Píndaro´. ¿Verdad que Mary quedaría sorprendida e iría corriendo al encuentro de la cocinera, Louisa, para decirle: ´¡Louie! ¡El señor se ha vuelto loco!´ Esta exclamación, u otra parecida, es la que acude a nuestros labios cuando los hijos de los hombres con educación nos piden, a nosotras, sus hermanas, que protejamos la cultura y la libertad intelectual. Sin embargo, intentemos traducir el grito de la criada al lenguaje de las personas con educación”.
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Virginia Woolf invita a su interlocutor a hacer algo que parece sencillo, pero que realmente es una de las cosas más difíciles para todo ser humano: ponerse en el lugar del otro, lo que, en rigor, es comenzar a ser uno mismo, como lo dijeron -cada uno a su manera- Rimbaud, Machado, Levinas, Ricoeur, Borges y tantos “otros”.  

¿Podrá comprender el destinatario de la carta lo que ha significado para las hijas de los hombres con educación, haber contribuido durante siglos a mantener Oxford y Cambridge para que sus hermanos se formasen allí? 

La autora de “Orlando” no se guarda lo que piensa y siente:  

Y ahora, sin previo aviso, cuando esas mujeres comenzaban a tener esperanzas de gozar, no sólo de esa misma educación universitaria, sino también de algunos de sus complementos –viajes, diversiones, libertad-, llega su carta informándolas de que la totalidad de la vasta, de la fabulosa suma –sí, ya que tanto, si la contamos directamente en dinero contante y sonante como si la contamos indirectamente mediante el justiprecio de las cosas de que nos hemos privado, la suma que llenaba el Fondo para la Educación de Arthur es realmente vasta-, ha sido gastada en vano o erróneamente aplicada”.
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Virginia Woolf descorre el velo de una liturgia dentro del ámbito de la cultura. Liturgia, por cierto, en el viejo sentido del vocablo que Giorgio Agamben estudió hace poco (“Opus dei”, 2012) y que hoy hace aguas por todas partes. Al ver que su poder se encuentra en peligro, el “dirigente” le pide que una su voz a la suya y que, de paso, le añada seis peniques a su guinea. Virginia responde, fulminante: 

“¿No sería aconsejable que, antes de alquilar una oficina, contratar secretaria, formar un comité y pedir fondos, considerase por qué razón esas escuelas y universidades han fracasado?” 

Finalmente, no firma el manifiesto que le han pedido suscriba, pero envía, generosa, tres guineas, sin condiciones.
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Por supuesto, no dejó Virginia Woolf en el aire el ejemplo de la criada que pelaba papas. Sostuvo que bien podría la misma explicar a Píndaro, si en ello se le iba la vida.

lunes, 5 de mayo de 2014

Diálogos y soliloquios (según espíritu y letra de Machado y García Bacca)



Dos vueltas al parque, Machado y García Bacca:

Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía.
Después soñé que soñaba.
 
En una de sus incisivas glosas a ese cantar, García Bacca le habla a Venezuela, así:

“ANTES DE AYER (…) supimos los venezolanos que nos veíamos y supimos que nos hablábamos, y supimos –con saber de personas que se miran cara a cara, a los ojos- que nos entendíamos. Y a lo que nos oíamos decir, y en lo que nos entendíamos, puesto quedó por escrito. Y fue nuestro Evangelio: la Buena Nueva de nuestra resucitada Democracia. 

AYER… ya sólo, soñábamos que nos habíamos oído, hablado y entendido. Ayer, era ya sueño que nos habíamos hablado de nuestra democracia y que nos habíamos entendido como demócratas, que nos habíamos mirado a los ojos y, en tal mirada, reconocido todos como demócratas.

¿Después -¿ahora?- soñé que soñaba?  

Mientras conservemos, aunque sea reducido a ensueño, eso de que Democracia es –aparte de definiciones jurídicas o políticas- una forma de vida social en que los hombres se miran a los ojos, se hablan, se oyen y comienzan o terminan por entenderse, siempre será posible que se cumpla, trastocando debidamente algunas palabras, aquella otra coplilla de Machado: 

Anoche soñé que oía
a Dios gritándome: ¡Alerta!
Luego, era Dios quien dormía
y yo gritaba: ¡Despierta! 

¿Quién despertará con un ¡Alerta! a nuestra democracia dormida, soñante y delirante? Pero, si llegare a dormirse el Demócrata que de nuestros sueños y pesadillas nos despertara, ¿quién le gritará: ¡Despierta!”

Al comienzo de su glosa, García Bacca lo había dicho. Y ahora lo exclama:

“¡Lo que va antes de ayer a ayer y de ayer a hoy, en todo: en religión y en política!”
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En otra ocasión recordó el maestro que, quien le habla al Hombre, “sin haber antes hablado, -visto, oído-, a un hombre; y peor aún, al que pretenda hablar a ese no hombre que es Dios”, le ocurrirá que su diálogo soñado no será más que un soliloquio real.

Hoy, desde las luminosas páginas machadianas de García Bacca, uno echa de menos los viejos debates de anteayer y la perdida disposición a oírnos de verdad, antes de pretender hablar a otros y por otros.