sábado, 25 de octubre de 2014

Con uno basta


André Gide
 
Escribir el día o dejar que en la página respire sólo esta palabra: limpidez.
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Volver a un poeta que deambula en el jardín. Oír su soledad y sospechar su drama íntimo, mientras lo vemos recostarse a un árbol, taciturno. Abrir después su libro y leer lentamente aquellas líneas afligidas ante la inesperada ausencia de una sombra tutelar.   

Es 1951. Luis Cernuda acaba de enterarse de que A. G. ha muerto y escribe:
 
Que el tiempo es duro y sin virtud los hombres.
Bien pocos seres que admirar te quedan. 

Creo que a veces he sentido lo mismo. Y algo peor, quizá: ya casi nadie se lamenta de esa triste suerte.  

Por fortuna, el propio Cernuda me recuerda que el hombre es noble y que nada importa que tan pocos lo sean, porque “uno, uno tan sólo basta/ como testigo irrefutable/ de toda la nobleza humana”.
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En la página, canta la paraulata del balcón.

lunes, 20 de octubre de 2014

La virtud de elegir o la libertad de la elegancia


 
Cinco de la mañana y unas líneas de Ortega sobre la elegancia. Hace poco, en un breve artículo acerca de un amigo, hice uso del término en su sentido orteguiano: la elegancia como ética, no como etiqueta. Para apoyarme, cité a Guillermo Sucre, quien, en un breve y estupendo ensayo de los años noventa, nos dijo que el alma era el lugar de la elegancia, y que, si bien ésta puede avenirse con la inteligencia, jamás se asociará a la exhibición de “virtuosismos” o de “astucias”. Recordó al santo patrón de los ensayistas, para decirnos que la bondad y la piedad están por encima de “ideas” o de “ocurrencias”. Ahora mismo tengo a mi vista un texto de Montaigne en el que, hablando de la presunción, declara su inclinación por el sosiego de las opiniones y costumbres, antes que por la vivacidad del ingenio o por la "brillantez" de alguna acción.
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Ortega leyó la palabra y encontró esto:  

En el latín más antiguo, el acto de elegir se decía elegancia como de instar se dice instancia. Recuérdese que el latino no pronunciaría elegir sino eleguir. Por lo demás, la forma más antigua no fue eligo sino elego, que dejó el participio presente elegans. Entiéndase el vocablo en todo su activo vigor verbal; el elegante es el «eligente», una de cuyas especies se nos manifiesta en el «inteligente». Conviene retrotraer aquella palabra a su sentido prócer que es el originario. Entonces tendremos que no siendo la famosa Ética sino el arte de elegir bien nuestras acciones eso, precisamente eso, es la Elegancia. Ética y Elegancia son sinónimos”.
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El anotador vuelve a Montaigne y recuerda que no basta con analizar las virtudes (la elegancia incluida) ni estar enterados de su origen. Es necesario amarlas.

lunes, 13 de octubre de 2014

La elegancia de Ramón Guillermo

 
Conocí a Ramón Guillermo Aveledo en primer grado y es mi amigo desde entonces. Por eso, creo que puedo dar fe de su formidable trayectoria y de sus cualidades. No voy a repetir lo que muchos –con razón y justicia- han expresado acerca de su brillante desempeño como actual dirigente de la unidad y la concordia. Suscribo las expresiones que destacan su  moderación (también su firmeza) y el pedagógico sentido de su renuncia a la Secretaría Ejecutiva de la MUD, presentada al final de un discurso memorable que demanda varias relecturas. Aunque el tópico de la modestia recomienda no incurrir en el elogio a los hermanos (Ramón Guillermo lo es para mí), en esta ocasión voy a desoírlo y compartiré estas breves líneas sobre algunos de sus dones.  
Comienzo con lo que podría llamarse la fidelidad a una vocación. Ramón Guillermo sintió desde muy temprano el llamado de la política y se preparó con entusiasmo para asumirlo a plenitud. Corrijo: inició una permanente preparación para el buen ejercicio de ese llamado cívico. Su inteligencia y su cultura (ambas elevadas y vastas), le han servido para cumplir a cabalidad un ideal político. Escribo esto a sabiendas de que parecen lugares comunes, pero con la seguridad, de que, lastimosamente, no lo son. No es frecuente afrontar una vocación como la política, con la integridad moral con la que Ramón Guillermo Aveledo lo ha hecho, alejado por completo de los estereotipos que genera el pragmatismo. En alguna ocasión comentamos un magnífico ensayo de Ortega y Gasset, acerca de Mirabeau. Acabo de volver a esas páginas para hacer esta cita que se aviene con mi amigo: “…el político ideal sería un hombre que, además de ser un gran estadista, fuese una buena persona”. Y es de eso de lo que estoy hablando cuando me refiero a la fidelidad a una vocación y, sobre todo, al cultivado y responsable ejercicio de la misma.  
En tiempos de discordias y de enconos, se hace más visible -por escaso- otro de los atributos de Ramón Guillermo: la serenidad, tan necesaria hoy en un país reñido con el sosiego. Poco hacemos con la lucidez de un análisis dirigido a explicar, entre otras cosas, la crispación que nos avasalla, si en la práctica no se alcanzan la forma y los modos para reconocernos y construir, antes de que sea tarde, los espacios para el reencuentro. Esa es tarea de todos, y no realizarla comporta graves riesgos. No hace mucho Ramón Guillermo citó a Julián Marías y nos recordó, con base en la sangrienta experiencia española, el ominoso horizonte que nos amenaza, de seguir empecinados en nuestras mutuas  ignorancias. 
 
Si bien son muchos más los dones que podemos mencionar de Ramón Guillermo, mencionaré, para cerrar estas líneas, uno que podría resultarle banal a quienes se queden en cierto uso superficial del mismo: la elegancia. En un país que ha perdido las formas (lo cual es un serio problema de fondo), ser elegante no es nada menor o baladí. La elegancia es una virtud del alma, como escribió alguna vez Guillermo Sucre, uno de nuestros mejores ensayistas. Por ser del alma, es un privilegio ahora no tan extendido. Nos impide el odio y nos permite la casi extinta higiene del buen trato. Ramón Guillermo posee elegancia y la lleva, no sólo en sus maneras, sino –y sobre todo- en su expresión suprema: la decencia familiar y ciudadana.  
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(Artículo publicado en El Impulso. 13 de octubre de 2014)
http://elimpulso.com/articulo/la-elegancia-de-ramon-guillermo

lunes, 6 de octubre de 2014

Una carta registrada por Benjamin



Walter Benjamin
 
Miro las torres. Habían bajado algo, por un reciente esfuerzo de obtener nuevos acomodos horizontales. Sin embargo, noto que otra vez están creciendo. Y es que si uno se descuida un poco, el desorden vuelve por sus fueros. Sé, como dijo Benjamin, que en este tipo de confusión la costumbre se instala de tal manera que “todo parece ordenado”. Así, en la población que no ha conocido los estantes –mezclada con la que ha salido de ellos por algún arbitrio- puedo apreciar claras señales de ubicación. De ese modo, vislumbro dónde se encuentran las cartas de Joseph Roth en la edición española de Acantilado, aunque no esté visible el volumen.

En honor a la verdad, creo que fue “Frosty” (un “amigo” de Eduardo y Luisana) quien comparó el encanto de perderse entre libros con el placer del caminante extraviado en París y quien señaló como encarnación de ambas dichas, al ya citado Walter Benjamin. Sí, fue Frosty. No sólo es un tema que me gusta, sino que me da también argumentos domésticos oportunos y certeros. Lo anoto acá para retomarlo en una ocasión en que esté con más ánimo de ensayar que de echar un cuento (a veces es lo mismo), que es el que se me ha impuesto en esta mañana de lloviznas.
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De una de las torres bajé, precisamente, un librito del berlinés, que es una verdadera delicia. Es también un universo. Cada carta incluida allí nos relata una historia fascinante. Hablo de Personajes alemanes. Romanticismo y burguesía en cien años de literatura epistolar. Una sola me ha llevado por varios pasajes, incluido el de los muchos libros.

Como en aquel célebre epílogo de Borges, la lectura de la breve carta colma el espacio con “imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de caballos y de personas”. Ahora mismo estoy viendo a Miranda, la hija de Próspero y sé que unos minutos más tarde me espera un sueño de Jean-Paul.
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La carta está fechada en Heidelberg, el 25 de diciembre de 1817 y la escribió Johann H. Voss, “el segundo de los hijos del traductor de Homero”, como informa Benjamin en la nota que precede la hermosa epístola. Ésta es el conmovedor homenaje a un recuerdo entrañable de Voss, quien relata en ella cómo surgió su mayor alegría de Nochebuena.

Un día llegó a su pueblo el señor Stolberg, cuya presencia habría de convertirse para Johann en el mejor de los juguetes. Stolberg le dio las primeras lecciones de inglés y al cumplir catorce años le propuso la lectura de Shakespeare, empezando por La Tempestad. Johann Heinrich se internó en la obra por unas semanas, hasta que el mismo día de Nochebuena el señor Stolberg lo invitó a dar un paseo en coche. Fue tal la euforia de Johann recitando parlamentos completos de La Tempestad, que no pudieron retornar a casa antes de las doce: “Dios del cielo, cómo taladré los oídos del pobre Stolberg con Shakespeare! Y él, amistosamente aguantó el chaparrón y se mostró contento del fuego que Shakespeare logró encender en mi”.

Desde ese día, cada vez que llegaba el niño Dios, Johann H. Voss, aunque se la supiera de memoria, volvía a leer La Tempestad.
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La carta termina así:

“Y esto, queridísimo Jean-Paul, volverá a suceder una vez más en el mediodía de hoy. Si la hora de mi muerte coincide con estas fiestas, me llevará junto con La Tempestad”.
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Cesó la llovizna y vuelvo a las torres. En una de ellas está el sueño de Jean-Paul.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Hannah y sus amigos


Hannah Arendt
Hannah Arendt (2012), de Margarethe von Trotta  

En torno al extraordinario texto acerca del juicio a Adolf Eichmann, este filme aborda momentos importantes en la vida de la gran pensadora alemana: su presencia académica en Estados Unidos, la relación con su segundo marido, el vínculo con Heidegger, la amistad con la escritora Mary Macarthy, y sobre todo, la tenaz libertad de pensamiento, frente a todo tipo de dogmas y prejuicios, incluidos los de su entorno.
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Que una prestigiosa escritora judía, insospechable de antisemitismo, se atreviera a analizar de modo descarnado el juicio a Eichmann, y hablara de “la banalidad del mal” (cuando se esperaba que lo hiciera sólo del “mal”), no fue tolerado por quienes, ciegos ante una lúcida e inédita reflexión, se negaron a considerar una mirada distinta sobre la burocracia criminal de los nazis. Y es ahí donde la película de Von Trotta pone el acento, sin patetismos y sin concesiones.  

Asistimos a la discusión con dos grandes amigos de la Arendt: el líder sionista Kurt Blumenfeld y el filósofo Hans Jonas (los adoraba, especialmente al primero). Hannah no cede un ápice en su afán de comprender la historia, mientras ellos se limitan a acusarla de “arrogante”. El contraste parece una lección. Creo que lo es.  

Cuando Blumenfeld le pregunta “por qué no amaba al pueblo judío”, Hannah le responde: “Sólo amo a mis amigos. Es el único amor del que soy capaz”. 

Ayer y hoy, aquí y allá, huelgan las repreguntas.lizar de modo descarnado el juicio a Eichmann, y hablara de “la banalidad del mal” (cuando se esperaba que lo hiciera sólo del “mal”), no fue tolerado por quienes, ciegos ante una lúcida e inédita reflexión, se negaron a considerar una mirada distinta sobre la burocracia criminal de los nazis. Y es ahí donde la película de Von Trotta pone el acento, sin patetismos y sin concesiones.

Asistimos a la discusión con dos grandes amigos de la Arendt: el líder sionista Kurt Blumenfeld y el filósofo Hans Jonas (los adoraba, especialmente al primero). Hannah no cede un ápice en su afán de comprender la historia, mientras ellos se limitan a acusarla de “arrogante”. El contraste parece una lección. Creo que lo es.

Cuando Blumenfeld le pregunta “por qué no amaba al pueblo judío”, Hannah le responde: “Sólo amo a mis amigos. Es el único amor del que soy capaz”.

Ayer y hoy, aquí y allá, huelgan las repreguntas.

Amigos


Rafael. Autorretrato con un amigo
 
Domingo de sol y de Montaigne. 

El ensayista hace un espacio entre sus páginas para iluminar lo que ha escrito. También lo que está por escribir. Pone en el centro de su lidia el recuerdo de Étienne de la Boétie y siente que es ahora cuando su obra empieza a honrarse. Se dispone a ofrecer los veintinueve sonetos de su amigo a la condesa de Guissen, pero antes de enviar a ese buen destino los más ingeniosos y gentiles versos salidos de la Gascuña, discurre un momento sobre la amistad, uno de sus temas más amados, por haber conocido de cerca un sublime ejemplo de la misma. Y así, Montaigne nos lleva de paseo por los clásicos e ilustra su recorrido con citas admirables. Escojo una: la respuesta que dio un joven soldado a Ciro, quien le preguntaba si cambiaría por un reino el caballo que acababa de hacerle ganar el premio en las carreras. “Por un reino no, señor –dijo el joven-; yo lo cedería con gusto a cambio de un amigo, si hallase hombre digno de ello”. 

El príncipe de los ensayistas sabía que el fuego de la amistad es uniforme y que siempre está encendido, por más distancias que existan o silencios lo circunden. Seguro que Montaigne pudo decir de Étienne de la Boétie, lo que Borges afirmó bellamente de Manuel Peyrou: 

Suyo fue el ejercicio generoso de la amistad genial 

Creo que lo fue, porque encontró su resonancia.

martes, 16 de septiembre de 2014

Mi maestro


 
16-09-14: Seis de la mañana. Estoy en Caracas, en Los Palos Grandes. No alcanzo a ver el Ávila desde mi habitación, pero me lo imagino ligeramente nublado. En unos minutos le daré los buenos días, como siempre hago cuando estoy en la ciudad que vive a sus pies. Le diré que ha muerto un grande que adoró su esplendor, desde los dos lados de su presencia. De niño, en su querida Maiquetía, frente al mar. Después, en el valle de San Francisco, hasta ayer en la mañana. Al lado de Cuchi, quien me acompaña en este momento triste, recordaré a mi maestro, bajo el signo del Ávila.  

Conoció los infiernos más temidos de esta tierra. Cárceles, les dicen. Luchó para que dejaran de serlo, pero la ironía del destino quiso que fuese en su patria donde el horror de esos lugares creciera del modo más espantoso.  

También vivió en amables aulas de clase, en las que prodigó sabiduría y dignidad. En una de ellas lo conocí hace 44 años. Cuando abrí el libro que había escrito para iniciar la cátedra de Criminología en nuestra Facultad de Derecho, lo primero que encontré fue un haikú que decía: “El ladrón no se pudo/  llevar la luna/ que yo veo por la ventana”. Después, él mismo me diría que ese breve poema se lo había pasado el poeta Rafael Cadenas, cuyos Cuadernos del Deestierro, figuraban, por cierto, en la bibliografía del excelente manual criminológico.  

Se recordará –y con razón- al criminólogo y penitenciarista. Pero no debemos olvidar que fue también durante muchos años -y hasta hace pocas horas-, un escritor. Su esposa me refirió anoche que ayer envió su último artículo a Últimas Noticias. Por eso, el próximo miércoles tendremos aún ocasión de leer algo nuevo de su pluma. 

Fue mi maestro dije. También fue mi amigo. Se llamaba Elio Gómez Grillo.