miércoles, 10 de febrero de 2016

Umbral


Antonio Saura. De la serie Don Quijote
 
Cinco de la mañana y la primera apariencia: todo está cálido y oscuro. Las cosas, ahora confundidas, irán tomando forma poco a poco. Procuro no hacer ruido y voy hacia los libros, que son un bulto. Acá está el de Ortega que saqué anoche. Lo distingo por el tamaño. Es la pequeña edición de las Meditaciones del Quijote que hizo Aguilar. Disfruto ese momento. Cuando encienda la luz leeré aquel párrafo acerca del afán de comprender que tanto me gusta. Ortega confiesa allí, que, a la mañana, cuando se levanta, “recita una  brevísima plegaria, vieja de miles de años, un versillo del Rig-Veda, que contiene estas pocas palabras aladas: ‘Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento”. Preparado así –añade- “me interno en las horas luminosas o dolientes que trae el día”. 

Pero aún no leo. Sólo palpo y recuerdo. Me gustaría quedarme en el umbral.

martes, 9 de febrero de 2016

Borges, lector alfil


Borges. Foto: Pedro Meyer
 
Borges, libros y lecturas, de Laura Rosato y Germán Álvarez, confirma lo que sabíamos o sospechábamos. En cualquier caso, su valioso aporte a los estudios borgeanos, enriquece en alta proporción nuestras opiniones o conjeturas acerca de Borges como lector.
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Afirmó con razón Beatriz Sarlo que Borges era un lector al que no se le escapaban las orillas, un lector que encontraba prodigios en los recodos, tal como él mismo los fue dejando en sus libros: escondidos en alguna nota al pie de página, en un breve prólogo o en algún epílogo. También era un lector que dejaba constancia de cualquier asociación que le interesara, aunque eso, en apariencia, lo desviara del libro mismo, y las anotaba en las páginas de guarda (iniciales o finales) del volumen leído. No lo hacía en los márgenes, ni subrayaba, como lo constata el importante estudio de Rosato y Álvarez.  

Sarlo calificó a Borges de lector “alfil”: trazaba siempre una diagonal. Con seguridad, al autor del soberbio díptico “Ajedrez” no le habría disgustado esa certera imagen.
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Asomarse al trabajo de Rosato y Alvarez es, sin duda, un regalo para nuestra curiosidad. “Seré curioso”, decían antes los argentinos. “Decíme”… Así que les digo:  

En muchos de los libros que leyó Borges puso breves apuntes que guardan un vínculo estrecho con su obra futura. Por eso, al comentar el trabajo de Rosato y Álvarez, a Beatriz Sarlo le dio la impresión de que Borges tuviera todo previsto. No lo tenía, desde luego, pero algún secreto hilo guió sus lecturas hacia el terreno que más se avendría con futuras páginas suyas. Guardaba, sabiendo o no del todo, material para otras ocasiones. A propósito de una nota sobre un libro de Menéndez y Pelayo, incluida en Borges, libros y lecturas, Sarlo comenta:

“…de la monumental Historia de los heterodoxos españoles subraya tres párrafos: uno sobre el lobizón, que por supuesto interesa a Borges como mito criollo (Borges es el criollo universal, como él dijo de Sarmiento); otro sobre una cosmología herética según la cual el mundo fue creado por el demonio; y una referencia que remite a la Divina Commedia. De 585 páginas estas citas provienen de las páginas 164, 271 y 138. ¿Cómo imaginar el momento de encontrarlas? ¿Cómo las encontró, ya que no es posible decir que las buscó?// Borges subraya sólo lo que le importa como material de una escritura por venir o confirmación de una intuición ya escrita”.
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Las notas de Borges me recuerdan un párrafo muy borgeano de George Steiner, acerca de las notas marginales: “En nuestras grandes bibliotecas, existen verdaderas contra-bibliotecas formadas por las notas marginales y por las notas marginales de las notas marginales que sucesivas generaciones de auténticos lectores taquigrafiaron, codificaron, garabatearon o pusieron por escrito con elaboradas y floridas expresiones a lo largo, encima, debajo y entre los renglones del texto impreso. A menudo, las notas marginales son el eje de una doctrina estética y una historia intelectual (…). Sin duda éstas pueden formar una verdadera obra de creación, como sucede en el caso de las notas marginales de Coleridge…”. 
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Creo que Borges, libros y lecturas (Ediciones de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2010) nos empezó a descubrir una pequeña parte de ese otro "aleph" borgeano: sus notas de lector.

En la Biblioteca Argentina de Horacio (banquete textual de la Colección "Borges")


Biblioteca Nacional de Argentina. Buenos Aires. Arquitecto: Clorindo Testa
 
Comienzo a leer el libro que Horacio González escribió sobre la Biblioteca Nacional de Argentina. Hasta hace poco González fue su director. La gestión que allí realizó durante varios años creo que concita la admiración de todos, incluso la de sus adversarios políticos. Es uno de los pocos funcionarios del gobierno anterior cuyo trabajo ha sido reconocido –y hasta elogiado- por los del actual. González no sólo condujo admirablemente la institución, sino que la estudió a fondo y la habitó como si se tratara de una ciudad, es decir, de un universo que otros llaman Biblioteca. Podría decirse que hizo historia en ella, además de escribirla. Creo, por cierto, que Alberto Manguel, nuevo director, tiene un gran reto (que seguramente sabrá cumplir): estar a la altura de Horacio González. No digo más.
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El libro de Horacio se titula, precisamente Historia de la Biblioteca Nacional (Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2010). Para tenerlo cerca -mientras leo la “Historia…”-, busco el volumen que durante la gestión de González le dedicó la Biblioteca Nacional a la colección donada por su más famoso director: “Borges, libros y lecturas” (EBN, Buenos Aires, 2010). Lo abro al azar y encuentro que Borges puso en el papel guarda (posterior) de un libro sobre Eliot, esta nota:  

“Como un paciente anestesiado sobre una mesa” -29 (cf. Oyuela. Güiraldes) también Obligado. S. V. III, su abanico// ¿tema del doppelgänger? -65”. El libro es de F. O. Matthiessen (The Achievement of T. S. Eliot: An Essay on the Nature of Poetry. London. Oxford University Press, Humphrey Milford, 1935).  
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Voy al comentario que los investigadores de la Biblioteca (Laura Rosato y Germán Álvarez) le hacen a esa pequeña anotación de Borges y percibo en él la magnitud y calidad de su trabajo. Me atrevo a decir que bastaría ese libro para calificar de ejemplar la gestión de González en la preservación del patrimonio literario de Argentina y en el respeto a Borges. La colección que éste donó fue encontrada en un depósito de la Biblioteca, sin clasificación y sin uso alguno. Hoy en día es una fuente invalorable para estudios como el realizado por los citados investigadores.  

Vuelvo al comentario de Rosato y Alvarez, para citarlo íntegro e ilustrar lo dicho: 

“Pág. 29. Traducción de un verso perteneciente a ‘The Love Song of J. Alfred Prufrock’, de T. S. Eliot: ‘Let us go then, you and I, / When the evening is spread out against the sky/ Like a patient etherised upon a table’. En el artículo ‘Sobre la descripción literaria’, Sur, Buenos Aires, a. XII, No. 97, octubre de 1942 encontramos los versos confrontados de Calixto Oyuela: ‘La luna conducía/ su albo bajel por la extensión serena…’; y los de Ricardo Güiraldes: ‘El puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo’. El argumento desarrollado por Borges en el artículo, establece el punto de contacto entre estos versos y el citado de Eliot: ‘Si no me engaño, los ilustres fragmentos que he congregado, sufren de una leve incomodidad. A una indivisa imagen sustituyen un sujeto, un verbo y un complemento directo. Para mayor enredo, ese complemento directo resulta ser el mismo sujeto, ligeramente enmascarado’. Esto también se cumple en los versos de Rafael Obligado, Santos Vega, parte III: ‘El sol ya la hermosa frente/ Abatía, y, silencioso, / Su abanico luminoso/ Desplegaba en occidente’. Ver nota a la página 11 en asiento No. 132.

Pág 65. Análisis del poema ‘Ash Wednesday’: ‘The sinister horror of what he saw below him at the first turning hightened by the very ambiguousness of the expression, ‘the same shape’. Does it mean a spectrae that he has been fleeign from and has felt to be pursuing him up the stair? Or, more terrifying still, does it mean his own very likeness, thus stressing the obsession with self the inability of the individual to escape from the bonds of his own identity? Borges lo relaciona con el tema del Doppelgänger, el fetch, o el otro yo. Ver nota sobre ‘El doble’ en El libro de los seres imaginarios (1967).  

Esta obra fue reseñada por Jorge Luis Borges para la revista El hogar, 16 de octubre de 1936 y está incluida en Textos cautivos (1986)”. 
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Un estudioso del “origen de los textos” podría darse banquete con lo anterior. Otros, lectores mortales no eruditos, con alguna paciencia, podríamos también degustarlo, y es que en pocas líneas Rosato y Álvarez nos han dilucidado la telegráfica y personal nota de Borges. Éste leyó un libro sobre Eliot, no a Eliot (en esa ocasión) y se fijó en dos páginas. Por la primera, anotó en frases muy cortas lo que le interesaba en el momento, así como las asociaciones que la lectura le sugirió. Después escribió una reseña del libro y un artículo en el que tradujo uno de los magníficos versos de Eliot, que comparó gramaticalmente con los de un oscuro poeta argentino (Calixto Oyuela) y con textos de Güiraldes y Obligado. Por la página 65 del libro de Matthiessen, resaltó el vínculo del poema Ash Wednesday de Eliot con el tema del “doble”. Éste -apuntan Rosato y Álvarez-, será más tarde uno de los muchos “seres imaginarios” de Borges y una presencia recurrente a lo largo de su obra. ¿Suficiente? No. En la mesa servida de la nota borgeana -como en la del verso de Eliot- reposa todavía un paciente lleno de signos por descifrar.  

Por lo pronto, este diarista, en la víspera del miércoles de ceniza y antes de volver al libro de Horacio, lee el otro poema de Eliot (Ash Wednesday) y repite: 

“Porque sé que el tiempo es siempre tiempo
 y el lugar es siempre y sólo lugar
 (…)
y ruego a Dios que tenga misericordia de nosotros
 y ruego que pueda olvidar yo
 esos asuntos que discuto demasiado consigo mismo
 explico demasiado
 porque no tengo esperanza de volver otra vez
 que respondan estas palabras
 por lo que se ha hecho, para que no se vuelva a hacer
 ojalá el juicio sobre nosotros no sea demasiado gravoso”.
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Leído Eliot, abro la “Historia…” y Horacio me atrapa en la primera línea: 

“Un libro puede ser fruto de una conmoción repentina o de una demorada estadía en la intemperie…”.

sábado, 6 de febrero de 2016

De un diario perdido de Rubén Darío



04-01-16: Debayle quiere trasladarme a León y estoy de acuerdo. Para verme, él ha tenido que venir varias veces a Managua y nunca me encuentra mejor. Cree que allá sí podrá curarme. No termina de comprender que mi mal es soñar y que la poesía es mi camisa de fuerza. A pesar de ese despiste, es el único médico en quien confío. Por eso voy a León. Quiero, además, oír de nuevo una vieja y misteriosa fuente. Allí quiero dejar mi alma. 

05-01-16: Víspera de Reyes. No sé por qué anoche estuve recordando a mi tatarabuelo, a cuyo nombre la familia debe su apellido. Cuando nací en Nueva Segovia (en el departamento de Nueva Segovia, quiero decir), en un pueblito que hoy se llama Metapa, el nombre de pila de mi tatarabuelo era ya patronímico de mi rama paterna. ¿Pero a qué viene esto? ¿Será que es un llamado a pensar en mi hijo de ocho años, que está en España y que antes de Sánchez, lleva mi apellido inevitable? ¿Serán las voces ocultas de mis viejos Daríos? No sé. Ruego a Dios para que mi Güicho tenga mañana, día de Reyes, una hermosa cuelga que lo alegre. 

06-01-16: Día de Reyes y un recuerdo repentino. Apenas se lo comenté, Ingenieros pensó en el experimento. Dios nos perdone. Ambos fuimos responsables de lo que fue una broma inmensa, que, por fortuna, no pasó a mayores. Yo había conocido a comienzos de 1898 a un joven uruguayo que me impresionó mucho por lo fantasioso de su cháchara. El joven me narró increíbles peripecias de su adolescencia, y lo hizo con tal convicción, que, siendo inverosímiles, durante algunos instantes las tuve por ciertas.  

Como el mozo mostraba señales neuropáticas, pensé que podría ser un buen caso para el Dr. José Ingenieros. Así que se lo llevé al consultorio. A los pocos días, el presuntuoso joven oriental estaba convertido en conejillo de indias de un experimento sobre la susceptibilidad a la sugestión que llevaba a cabo mi amigo, quien escribió en la primera hoja de su memoria psiquiátrica, una frase que decía, más o menos, así: ‘Joven de origen incierto, cree haber nacido en Montevideo’.

El plan lo urdimos juntos, a partir de una noticia literaria que leímos varios años atrás en el Mercure de France. Allí, Leon Bloy aseguraba que el extraño libro llamado Chants de Maldoror había sido efectivamente escrito por un uruguayo. Bloy respaldó su certeza con un retrato del autor e informó que el llamado conde de Lautréamont era hijo de un ex cónsul de Francia en Montevideo. Yo le creí todo a Bloy, como debe ser, tratándose de un católico tan devoto y serio como él. Inlcuso, llegué a escribir en mi serie de Los raros un artículo sobre el conde. Mi amigo Ingenieros no le creyó tanto. Sin embargo, su incredulidad no afectó para nada el experimento. Yo, basado en la foto que publicó el Mercure de France, me encargué de hacerle ver al mozo el enorme parecido físico que tenía con Lautréamont. La idea era que se creyera hermano del poeta. Tuve éxito. El joven orate comenzó a presentarse como hermano natural del autor de los Cantos de Maldoror y se inventó una magnífica explicación: en su infancia su madre recibía en la intimidad a un señor francés que no era otro que el cónsul de Francia en Montevideo. Con ese dato, todo lo demás se hizo creíble, aunque se pusiera en entredicho la ‘honra’ de su madre.  

No tardó mucho esa historia en convertirse en comidilla porteña y el ‘hermano de Lautréamont’ comenzó a ser objeto de pesadas burlas. Cuando sentí que nuestro divertimento intelectual y científico, había llegado muy lejos, me asusté y le expresé mis temores a Ingenieros. Éste puso entonces en marcha un experimento curativo: la terapia del ridículo. Consistía en revertir crudamente el proceso de inducción que había generado el imaginario parentesco. No fue fácil, pero también en la cura tuvimos éxito.


Recuerdo que Ingenieros me dijo que el joven no presentaría nunca más síntomas del delirio que le habíamos fabricado. Espero que así haya sido. De todos modos, confesaré mi culpa en su momento. Bueno, ya lo estoy haciendo. Yo pecador…
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07-01-16: Ya estoy en León. Antes de que Sacasa entre al cuarto, debo anotar algo en mi cuaderno, pero, cansado del viaje, no se me ocurre nada. Sólo recuerdo unas palabras que me repito gustoso:  

‘La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano, tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñor esté contento de tu melodía. Cuando él no esté para escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reino interior’.  

Me alivian.  

Ojalá que con Juan Bautista haya venido su hermana Casimira.
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08-01-16: Entonces Debayle se salió con la suya. Me engañó diciéndome que era una inyección apenas y no fue así. Él y su colega Lara, el último azteca, convirtieron mi catre en mesa de operación. Cuando me percaté del trance, les dije, furioso: "¡Bestias, me están sacrificando!" Pero nada. Ya habían hecho su carnicería, más para extraer líquido de mi cuerpo que otra cosa. Leve, debo decir. “Morbidezza”, tal vez sea palabra que le calce al tal abuso.  

Más tarde, retoqué un viejo verso: ama tu ritmo y ritma tus dolores. Vinieron a mi memoria los domingos y aquellos bailes de mi infancia, en los que mi primo Pedro y yo éramos almas de la fiesta. Él, por el piano. Yo, por el asunto de los versos.  

Viéndolo bien, siempre ha habido bailes en mi poesía. Espero que a algún crítico no se le escape ese detalle.   

Y ahora, de nuevo, "va entrando Debayle/ en el baile". Espero que no venga con el cuchillo.
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14-01-16: Lo compré en Valparaíso para no seguir tiritando con mi vieja chaqueta de verano. Fue en julio de 1887, con el primer sueldo que pude cobrar en El Heraldo. Hablo de mi querido "ulster", que recordé hace un instante cuando alguien dijo el nombre de Gómez Carrillo.  

En alguna página conté la historia de mi andariego sobretodo, al que hice conocer calles porteñas, empezando por la del Cabo. Después, lo llevé a todas partes, radiante y fiel.

En Santiago visitó La Moneda, pero también los arrabales. A nadie discriminó. Supo de la Bernhardt tanto como de trágicas anónimas. Si hubiera escrito un diario, seguramente habría anotado su encuentro con Balmaceda o su enorme impresión, cuando, yendo hacia Lima, miró la Cruz del Sur por vez primera.  

Pasado el tiempo, un día, en Guatemala, incurrí en la imprudencia de abandonarlo. Llegó a mi hotel un joven escritor que prometía. Cuando me dijo que se iba a París, no se me ocurrió otra cosa que apoyarlo. Y el apoyo fue regalarle mi sobretodo. A los pocos minutos, Enrique Gómez Carrillo (de él se trata) andaba por ahí, pavoneándose con el viejo "ulster" de Valparaíso.  

Ya Debayle está por llegar. Así que no tengo mucho tiempo para seguir recordando. Resumo entonces, al modo de un viejo juego: de Darío a Gómez, de Gómez a Sawa, de Sawa a Verlaine, de Verlaine a Darío. Sí, a Darío.  

Al saber que Gómez Carrillo se lo había dado a Alejandro Sawa, y que, a su vez, este bello loco se lo había regalado a Verlaine, sentí que el sobretodo había vuelto a ser mío. Dios me perdone lo iluso, pero el destino de mi pobre "ulster" me hizo feliz. Aunque haya ido de hospital en hospital, que terminara en el cuerpo de mi padre y maestro mágico, era (y es) para mí una inmensa dicha. No sé cómo llamarla. 

Hasta aquí. Llegó Debayle con su fastidio.
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18-01-16: Vi la fecha en el periódico. Así que cumplo hoy 49. ¡Quién lo diría! Ayer estuve recordando al buey que vi en mi niñez echando vaho un día y a una novia de Metapa, de cuando era un muchacho con ojeras.  Al escribir mi despecho, el humor tomó la pluma y salió aquella coplita: “Casi casi me quisiste;/ casi casi te he querido:/ si no es por el casi casi,/  casi me caso contigo”.
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Casi tengo cincuenta, pero me quedaré en el casi. Acabo de ver en el periódico que el gobierno ya ha decretado las honras fúnebres. Me gustaría que las hicieran antes. Así podría disfrutar de algún brindis, aunque sufra por algunas elegías, pero no. El tropel de los centauros tiene su hora. También la dulce paz de la que huyen cuando llega Diana con su copa de agua del olvido.
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Hoy ha venido a visitarme alguien que siempre me hace feliz. Entró callada y con sigilo. Es mi tía: “mi mamá Bernarda”. Me gustaría reposar para siempre junto a ella, contemplando las cosas. Mejor dicho, sus enigmas.   

Yo soy aquel que ayer no más decía
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25-01-16: Anoche soñé con Jorge Castro, el buen amigo costarriqueño con quien tuve aquel episodio psicofísico que narré en un artículo. Esta vez Jorge vino a decirme que yo también estaba cumpliendo el compromiso. Cuando intenté tocarlo, desapareció. Todavía tiemblo. Escribo estas líneas desde el susto. 
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Atardece. Vino Luis y le conté el sueño.  Nos reímos. "Parece que Castro lo que quería era darte ánimo", me dijo. "Escribir un sueño es un modo de animarse y tú lo hiciste”, añadió Debayle. Sus palabras surtieron efecto. Ya en paz, recordé a Castro y los ruidos que una noche en Guatemala me anunciaron su muerte. Son los ruidos de uno de mis Nocturnos. Le pedí a Debayle que me leyera algo del joven Jiménez, a quien un día advertí que si su corazón era capaz de interpretar las voces ocultas, siguiera su rumbo de amor, porque era poeta.  

Debayle busca y encuentra un artículo de Jiménez sobre mi diario italiano. Allí, contrariando a Rufino Blanco, afirma el andaluz que no es cierto que mis Peregrinaciones sean sólo periodísticas. Son poéticas, dice. 

Luis consigue, por fin, un poema y lee: 

“Yo no volveré. Y la noche
tibia, serena y callada,
dormirá el mundo, a los rayos
de su luna solitaria. 

Mi cuerpo no estará allí,
y por la abierta ventana,
entrará una brisa fresca,
preguntando por mi alma”.
 

Pienso que Jiménez no ama sólo la brisa fresca, sino también la ventana. Le pido a Debayle que lo deje hasta ahí. Quiero quedarme dormido con esa imagen.
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30-01-16: Durante mucho tiempo perseguí una forma que no encontraba mi estilo. Quizá mi estilo era sólo la búsqueda del ritmo de la palabra en la palabra.
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Conocí el sonido de unas voces, el resonar de una puerta, algún lejano ruido. No siempre supe qué decían esas voces, pero procuré que tuvieran cuerpo en el poema. A veces sentía miedo. No sé si alguien descubrirá más tarde que intenté diseñar las salas de baile de mi tiempo bajo principios pánicos que disimulé en los decorados. Allí me moví como pez en el agua. Poblé de imágenes extrañas un territorio que languidecía. Quizá haya valido la pena. En todo caso, fui audaz. Tal vez, cosmopolita.
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Tuve amigos jóvenes a quienes di este consejo: “Lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo, a mí”. Muchos no me hicieron caso y se dedicaron al calco de algunos artificios.  Pienso que Lugones podría ser una buena excepción entre esos mimetismos. 

He recordado estas cosas porque Sacasa me ha pedido que le hable de mis libros, a él y a Luis. Ya vienen por ahí. A Luis le gusta entrar recitando aquel poema que escribí para su hija Margarita Debayle Sacasa. 

Sí,  “está linda la mar”. Lo demás es silencio y belleza.
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03-02-16: Seis de la mañana y "la interminable frescura" que sentí en uno de mis versos ha vuelto como imagen. Cuando hace tres días firmé mi testamento y vino Luis de testigo, se lo dije: el alma de las cosas persiste en nosotros.  

Si bien los cisnes unánimes no son inagotables, sí lo es la serenidad de su lago. Hoy me consuela. Tiene un tono verde claro y una pequeña mancha de aceite, hermosa también. Me veo en una barca. Fumo una pipa y pienso en mi Nicaragua lejana.
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Al obispo de León acabo de decirle que creo en Dios. No le dije que ese Dios era la belleza del mundo. Lo es. Su impresión llena mi memoria en este instante.
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04-02-16: ¿Más levitas? ¿No fue suficiente mi confesión con el Obispo? Ah, ya lo sé. Es el Padre Reguera. Seguramente cree que me va a aliviar con su mariguana, como lo hizo una tarde en el campamento de Carranza. No me acordaba que hace un rato pregunté por él y me dijeron que estaba ocupado, porque le faltaban tres por fusilar. No debería estar acordándome de esos fantasmas. Ojalá no me hagan caso. Que se queden en mis cuentos, como Rufo Galo.   
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05-02-16: No puedo más. Ya no oigo el agua de la fuente. Todo parece inanimado. Tráiganme el Cristo que me regaló Amado Nervo”. 

(A eso de las cinco repitió lo del Cristo. Se lo pusieron en el pecho y comenzó la agonía).
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Nota: De la historia que se cuenta en la anotación del 06-01-16 tuve noticias por Horacio González, quien hasta hace pocos días fue el gran director de la Biblioteca Nacional de Argentina de los últimos tiempos. González la refiere magníficamente en su libro Restos pampeanos. Esa entrada del "diario" imaginario de Darío no es más que una glosa de las páginas de González.

domingo, 24 de enero de 2016

Caldera centenario


Rafael Caldera

“El país se había mantenido en franca situación de atraso. Los indicadores sociales revelan que estábamos lejos de las metas que otras naciones de América Latina, a pesar de contratiempos y dificultades, habían alcanzado. El atraso era dramático. En San Felipe, por ejemplo, cuando obtuve en la Escuela Padre Delgado el certificado de instrucción primaria superior (en 1926), pasé luego un año sin estudios regulares, porque en todo el Yaracuy, en el Centro de la República, ¡no había un solo instituto de educación secundaria! Y no era simple atraso: era más bien, retroceso. Porque antes había habido un Colegio Federal, y después un Colegio Montesinos, que dirigió el Bachiller Trinidad Figueira; pero como era subsidiado por el Gobierno del Estado, éste consideró más económico y conveniente dar la misma cantidad en becas para que los pocos que estuvieran en capacidad de hacerlo, fueran a estudiar al Colegio La Salle de Barquisimeto. El Colegio Montesinos tuvo que clausurarse. Como mis padres no querían mandarme a un internado, hicieron un gran esfuerzo para venirnos a Caracas y poder seguir mi formación. ¡Cuántos tuvieron que quedarse en el Yaracuy y en el resto del país, sin oportunidad de educarse!” 

La cita corresponde al libro Los causahabientes. De Carabobo a Punto Fijo, una mirada a la historia política de Venezuela, publicado por Rafael Caldera poco después de concluir su segunda presidencia).
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Para que los yaracuyanos empezaran a quedarse en su tierra y pudieran realizar allí sus estudios universitarios, tuvieron que esperar a que el Dr. Rafael Caldera -a quien corresponden las palabras que anteceden- creara las casas de estudios superiores con que cuenta el Estado. Si a ello unimos, valiosas obras de infraestructura, la creación, dotación y mejora de diversos servicios para la salud, así como el indiscutible hecho de que se trata de uno de los más ilustres hombres públicos de Venezuela, no sólo en Yaracuy, sino en todo el país, deberíamos celebrar su centenario, como se debe: honrando su memoria, que es, además, la de un hombre que abogó por la paz y el entendimiento entre sus compatriotas.
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Dos imágenes me llegan. Una es la del joven de diecinueve años que se le acerca a Caracciolo Parra León, su maestro en la universidad, y le dice: “Doctor, me ha interesado mucho lo que usted me dijo, pero yo no creo que en el momento actual la cultura venezolana está para estudiar un aspecto del pensamiento de Andrés Bello; yo creo que vale la pena trabajar sobre la personalidad, la historia de su vida y su obra”. A la pregunta de Parra León (“Y usted se atreve”), el joven respondió: “Puedo hacer la prueba”.

 

(El breve diálogo lo leí en el libro que Juan José Caldera escribió sobre sus padres: Rafael y Alicia. Es el relato de un hijo que sintió el deber de conciencia de dar su testimonio, y de hacerlo con la mejor de las fidelidades: la del amor. Tiene, además, otra virtud: no descalifica a nadie a la hora de aclarar algunos hechos. Los describe, y con rigor documental se apoya en citas que respaldan sus hipótesis. En algunos casos se las pone difícil a los repetidores de falacias. No es que lo que nos dice en su libro Juan José Caldera sea irrefutable. Es que después de leerlo, uno tiene que exigir mejor “bibliografía” y mayor seriedad a los creadores de ciertas “verdades” sobre Rafael Caldera.  

Rafael Tomás Caldera, en el prólogo al libro, da con la clave de esa virtud del libro de su hermano:  

“Una diferencia en la manera de apreciar algo, derivada quizá de un punto de vista diferente o del propio protagonismo en la acción, no debe ser confundida con esos falsos juicios que provienen de un desconocimiento de los hechos. Aquellas han de respetarse como parte misma de la vida en democracia, estos han de corregirse en obsequio de la verdad para preservar la justicia”. 

Para la gran biografía de Rafael Caldera que está por escribirse, las páginas de su hijo serán de enorme utilidad: Mi testimonio, Juan José Caldera, Libros Marcados, Caracas, 2014).
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La otra imagen me la sugiere un párrafo del brillante libro que resultó de la difícil prueba. El joven bellista está en la Biblioteca de la Academia de la Lengua, atareado en el capítulo sobre Bello como fundador del Derecho Internacional en Iberoamérica. Revisa las páginas de sus Principios de Derecho de Gentes, publicado en Santiago de Chile, en 1832. Se percata de que a esa primera edición han seguido varias reimpresiones y de que en la segunda (1864), las iniciales A. B. del autor han sido sustituidas por el nombre completo, así como de un cambio en el título: ahora es Principios de Derecho Internacional. Deja ese tomo de las Obras Completas y busca la primera edición venezolana del libro que lo ocupa. Mira la fecha (1837) y se asombra de que sólo cinco años la separen de la chilena. Acaricia el volumen y lee el Aviso de los Editores, en el que se dice que el interés de la edición se debe no sólo al relevante mérito de la obra, sino también a “la circunstancia de ser producción de un paisano nuestro a quien, en demostración del distinguido y particular aprecio que hacemos de sus luces y talentos, tributamos este pequeño si bien sincero obsequio”. El joven Caldera anota aparte el nombre del editor: Valentín Espinal. Muchos años después (1999) lo pondrá al lado de Fermín Toro y Pedro Gual. Ahora deja el libro, sintiendo que, por encima de las querellas, la Venezuela de las luces quedó encendida en unas letras.

lunes, 11 de enero de 2016

Boersner


Demetrio Boersner
 
Me entero por el Facebook de Juliana Boersner que murió su padre. Lo informa en un breve post, conmovedor y hermoso, a la vez.  

Solía seguir sus opiniones gracias a la estupenda columna que hasta hace muy poco mantuvo en Tal Cual. Y ahora que lo digo, creo que pocas veces Demetrio Boersner dejó de escribir para la prensa. Fue un intelectual sin estridencias, lúcido y constante. Sus artículos, que ojala pronto se recojan en volúmenes, expresan esas cualidades cada vez más infrecuentes. 

Me vienen a la memoria dos viejos recuerdos personales: una clase suya en un seminario de la UCV. Era sobre el nazismo. Lo oigo aún, pausado y claro en su discurso. No se me olvida la descripción que hizo del ascenso de Hitler, desde una cervecería de Múnich hasta su oprobioso dominio en Berlín. Creo que la clase la oímos juntos Ramón Guillermo Aveledo y yo. Salimos repitiendo frases de Boersner. Nuestra admiración había aumentado.  

El otro recuerdo es anterior: mi primera lectura de un artículo de Boersner, en el diario La República, dedicado al socialismo democrático. Debió ser en 1965. Me ganó su claridad. Desde entonces me acompaña la imagen de un hombre moderado, límpido y fiel a unos principios. Que en paz descanse.  

lunes, 7 de diciembre de 2015

Allegrezza


 

"...come un giorno d'allegrezza pieno/ giorno chiaro, sereno"
 (Leopardi)
 
Seis de la mañana y limpidez. En la mesa, un título: Historia natural de la alegría (Losada, Buenos Aires, 1952). Son poemas de Marta Traba. En uno de ellos, la poeta dice haber desatado el hilo enredado en la ventana, para alcanzar el principio del sol y constatar que es “la hora primera de la alegría”. 

Cuando hay entusiasmo para mantenerla, algunos la llaman "allegrezza". 

Ojalá perdure también en la memoria.