domingo, 28 de septiembre de 2014

Amigos


Rafael. Autorretrato con un amigo
 
Domingo de sol y de Montaigne. 

El ensayista hace un espacio entre sus páginas para iluminar lo que ha escrito. También lo que está por escribir. Pone en el centro de su lidia el recuerdo de Étienne de la Boétie y siente que es ahora cuando su obra empieza a honrarse. Se dispone a ofrecer los veintinueve sonetos de su amigo a la condesa de Guissen, pero antes de enviar a ese buen destino los más ingeniosos y gentiles versos salidos de la Gascuña, discurre un momento sobre la amistad, uno de sus temas más amados, por haber conocido de cerca un sublime ejemplo de la misma. Y así, Montaigne nos lleva de paseo por los clásicos e ilustra su recorrido con citas admirables. Escojo una: la respuesta que dio un joven soldado a Ciro, quien le preguntaba si cambiaría por un reino el caballo que acababa de hacerle ganar el premio en las carreras. “Por un reino no, señor –dijo el joven-; yo lo cedería con gusto a cambio de un amigo, si hallase hombre digno de ello”. 

El príncipe de los ensayistas sabía que el fuego de la amistad es uniforme y que siempre está encendido, por más distancias que existan o silencios lo circunden. Seguro que Montaigne pudo decir de Étienne de la Boétie, lo que Borges afirmó bellamente de Manuel Peyrou: 

Suyo fue el ejercicio generoso de la amistad genial 

Creo que lo fue, porque encontró su resonancia.

martes, 16 de septiembre de 2014

Mi maestro


 
16-09-14: Seis de la mañana. Estoy en Caracas, en Los Palos Grandes. No alcanzo a ver el Ávila desde mi habitación, pero me lo imagino ligeramente nublado. En unos minutos le daré los buenos días, como siempre hago cuando estoy en la ciudad que vive a sus pies. Le diré que ha muerto un grande que adoró su esplendor, desde los dos lados de su presencia. De niño, en su querida Maiquetía, frente al mar. Después, en el valle de San Francisco, hasta ayer en la mañana. Al lado de Cuchi, quien me acompaña en este momento triste, recordaré a mi maestro, bajo el signo del Ávila.  

Conoció los infiernos más temidos de esta tierra. Cárceles, les dicen. Luchó para que dejaran de serlo, pero la ironía del destino quiso que fuese en su patria donde el horror de esos lugares creciera del modo más espantoso.  

También vivió en amables aulas de clase, en las que prodigó sabiduría y dignidad. En una de ellas lo conocí hace 44 años. Cuando abrí el libro que había escrito para iniciar la cátedra de Criminología en nuestra Facultad de Derecho, lo primero que encontré fue un haikú que decía: “El ladrón no se pudo/  llevar la luna/ que yo veo por la ventana”. Después, él mismo me diría que ese breve poema se lo había pasado el poeta Rafael Cadenas, cuyos Cuadernos del Deestierro, figuraban, por cierto, en la bibliografía del excelente manual criminológico.  

Se recordará –y con razón- al criminólogo y penitenciarista. Pero no debemos olvidar que fue también durante muchos años -y hasta hace pocas horas-, un escritor. Su esposa me refirió anoche que ayer envió su último artículo a Últimas Noticias. Por eso, el próximo miércoles tendremos aún ocasión de leer algo nuevo de su pluma. 

Fue mi maestro dije. También fue mi amigo. Se llamaba Elio Gómez Grillo.

sábado, 23 de agosto de 2014

La caída


Albert Camus

Al acordarme de Camus esta mañana, fui por La caída y saltó un viejo subrayado.  

Jean-Baptiste, ya no es el juez que finge virtudes y al que todos reconocemos como hombre atildado, pulcro y noble. Ahora habla desembozadamente desde su egoísmo: 

“Es muy cierto aquello de que muy raramente confiamos en quienes son mejores que nosotros. Más bien huimos de su cercanía. Lo más frecuente, en cambio, es que nos confesemos a quienes se nos parecen y comparten nuestras debilidades. No deseamos, pues, corregirnos ni mejorarnos: primero tendría que juzgársenos por estar en falta. Y lo que deseamos únicamente es que nos compadezcan y que nos animen a seguir nuestro camino. En suma, que al propio tiempo querríamos no ser culpables y no hacer el menor esfuerzo por purificarnos. No tenemos ni suficiente cinismo ni suficiente virtud; no poseemos ni la energía del mal ni la del bien. ¿Conoce usted a Dante? ¿Realmente? ¡Diablos! Entonces sabrá que Dante admite ángeles neutros en la querella entre Dios y Satanás; ángeles que él coloca en el limbo, una especie de vestíbulo de su infierno. Nosotros estamos en el vestíbulo, querido amigo”. 

Es dura La caída, pero creo que en sus páginas nihilistas hay más luces que en ciertos elaborados optimismos de hoy. Quiso el azar concurrente que al terminar algunas de sus páginas, escuchara por la radio a unas personas que hablaban de cómo sueñan el país. En la lectura, la descarnada lucidez. En las voces, no sé si aguas estancadas, pero, seguro, la superficial repetición de unas consignas.
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Quedarse o irse, no es el dilema. Hay algo previo: la lucidez para reconocer las grandezas (algunas olvidadas) y, sobre todo, para aceptar las miserias, que no son pocas. Algunos que se han ido del país, quizá estén más en él, que otros que se quedan y persisten en el disimulo de que somos muy “buenos”. Cuando hablan del panteón civil mencionan a Bello, pero ocluyen el porqué de su ausencia.
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Venezuela, en el laberinto de su soledad, parece que no contara ni consigo misma.
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Pero no todo es La caída esta mañana. En un número viejo de la revista española “Palimpsesto”, que encontré buscando otra cosa, leo ahora unos poemas del mexicano Antonio Deltoro, que me gustan mucho. En ellos evoca la imagen de su padre, quien siempre está presente en sus lecturas. Yo, que tengo la biblioteca del mío en la mía, suelo sentir algo parecido a lo que expresa hermosamente Deltoro en este poema que copio con gusto: 

DEPARTAMENTO 

 A veces leo un libro sabiendo que sus ojos lo leyeron
 y trato de vislumbrar qué es lo que sentía,
 de qué fracaso lo curaban sus páginas, qué alegría buscaba.
 Otras lo leo con los ojos limpios de su recuerdo.
 Ahora apoyo el codo en esta mesa
 y sé que fue la primera que compraron en México:
 ¿fue o es? No lo sé, la recuerdo en el comedor de otra casa.
 Vivo en un departamento en el que vivieron los míos;
 todo está tocado aquí, incluso lo nuevo,
 todo me recuerda que es hábito del tiempo la muerte:
 por su larguísimo pasillo pasan, como por un puente,
 su inexistencia y mi vida enlazadas.
 No se llevaron mis mayores su tiempo;
 sin que nadie le haya dado cuerda el reloj
 se ha puesto otra vez a sonar.
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Me acuerdo que debo escribir unas líneas sobre Roussel. Tratándose de quien se trata, repito la frase, diciendo “lunas ígneas sobre Roussel”. Las dedicaré a Vladimir Delgado, piloto y compañero de un nuevo taller ambulante.

(Barquisimeto, mañana del viernes 22 de agosto de 2014)

viernes, 1 de agosto de 2014

Gallardía


Retrato de Dante Alighieri. Anónimo de la segunda mitad del siglo XVI
 
 
En casa busco la palabra que esta mañana recordé al pensar en un amigo y encuentro en Dante esta lectura: 

“El hombre amado por la gallardía da y recibe sin sentir pena; no le pesa al sol dar su luz a las estrellas ni ayudarse de ellas en la producción de sus efectos, porque en lo uno y en lo otro, bien sabe conseguir deleite. No se deja arrastrar por la ira en sus palabras, sino que sólo recoge aquellas que son buenas, y sus consejos resultan discretos y elegantes; amado por sí mismo y deseado de las personas sabias, pues aprecia igual las alabanzas y el desprecio de las personas toscas; por ninguna grandeza se otorga al orgullo, sino que, cuando le parece que es conveniente mostrar su franqueza, también entonces merece nuestro elogio…”  

(Al viejo amigo, RGA, que por estos días es noticia)

lunes, 30 de junio de 2014

(U)topía


Theodor Mommsen (1817-1903)
 
Llueve en el valle de las damas, mientras doy comienzo a mi primer viaje del día. Releo en el diario de Eliade el comentario que una vez, cuando comían juntos, le hizo Carl Schmitt sobre Mommsen: “Ha desempeñado un papel nefasto en la cultura europea. Destruyó a Bachofen y desdeña lo simbólico en la historia”.  

Busqué la cita, porque acababa de recordar otra mención, muy distinta, que el mismo Mircea Eliade hizo del viejo historiador. En su libro Ocultismo, brujería y modas culturales refiere una deliciosa anécdota de Mommsen, que Serafín Senosiain en El cuerpo tenebroso, resumió de esta manera: 

“Un profesor de Bucarest marcha a Berlín, en la década de 1890, con la intención de asistir a una serie de conferencias del famoso historiador Theodore Mommsen. En su primera charla se dedicó a describir Atenas durante la época de Sócrates; marchó hacia la pizarra y, sin una sola nota como apoyo, bosquejó el plano de la ciudad tal como era en el siglo quinto; ubicó templos, fuentes, parques y edificios famosos y reconstruyó el escenario del Fedro y el posible lugar del diálogo. El profesor de Bucarest, asombrado por la memoria y erudición del conferenciante, permaneció en el anfiteatro una vez terminada la exposición. Relata Eliade: ´vio entonces a un valet entrado en años que se aproximó y tomó amablemente a Mommsen del brazo, encaminándolo hacia la salida. En ese momento un estudiante que todavía estaba allí explicó que el famoso historiador no sabía ir solo a su casa. ¡La mayor autoridad viviente sobre la Atenas del siglo quinto se perdía en su propia ciudad, la Berlín guillermina´”.
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Perderse en todas las ciudades -incluida la propia-, como se pierde uno en un bosque, requiere aprendizaje. Lo dijo Benjamin, sabio en pasajes y direcciones únicas.  

Vivir en otra, imaginaria o del pasado más remoto, es una dicha. Supone amor y poesía.

martes, 24 de junio de 2014

Ramón J. Velásquez y la unidad


La magnífica semblanza que Ramón Jota hizo de su amigo y paisano Leonardo Ruiz Pineda se cierra con una noble imagen de esperanza, en dos tiempos sombríos de nuestra historia.  

La vida política e intelectual de Velásquez testimonia su permanente búsqueda de la concordia y los consensos. Hoy se nos fue, dándonos el consejo que estos párrafos suyos estampan con sabia elocuencia:   

"LA GARITA DE JUAN PABLO 

Hace muchos años, Juan Pablo Peñaloza, preso, destrozado por la hemiplejía, octogenario, doblegado por los grillos, mirando la lejana garita del Castillo, decía a otro prisionero: ´Andrés Eloy, si todos nos unimos llegaremos allá arriba´. Y el poderoso inválido mostraba desde el foso, la alta garita del vigía que era el símbolo de cuanto secuestraba a Venezuela como dentro de una muralla china. 

Muchos años más tarde, otro guerrillero de la libertad, capitán de la esperanza como aquél, Leonardo Ruiz Pineda, en trance de muerte dejó en su testamento el mismo consejo e igual mandato. En la noche tremenda de la recaída tiránica, abrió caminos y juntó voluntades para decirles, señalándoles, no la garita del Castillo, sino el lejano castillo de la libertad secuestrada: ´Si todos nos unimos llegaremos allá arriba´”.

martes, 17 de junio de 2014

Una caravana para Julián Marías



Hoy Julián Marías cumple cien. En los últimos años lo he leído con frecuencia, sintiendo por momentos que recuperaba a uno de los mejores maestros de mi bachillerato, aunque nunca lo hubiese visto en mi vida. Así, he recibido nuevamente sus clases luminosas, como si tuviera en mis manos aquella historia de la filosofía que me acompañó en los pasillos del liceo Lisandro Alvarado, junto a otros autores, para entonces, entrañables, familiares. Con un querido compañero compartía esas lecturas, que, seguramente, eran notables. No se me olvida que Juampa, estudiante de Ciencias (yo lo era de Humanidades), llamaba a mi amigo, “Julián Marías”, y a mí, “Salvador de la Plaza”, enlazando nuestras búsquedas diversas con su amable saludo mañanero. De algún modo, ese saludo era una crónica.  

El nuevo encuentro con Julián Marías me ha deparado la aproximación a su impecable y oportuno magisterio cívico. Gracias a su hijo Javier, fui acercándome a una imagen del filósofo mucho más admirable de lo que ya era para mí. En  Tu rostro mañana se yergue una digna y sufrida figura intelectual, por encima de los feroces enconos de la época, y de cualquier asomo remoto de venganza. Por esas páginas de Javier, volví a las del filósofo olvidado y descubrí las del gran memorialista de Una vida presente.  

No voy a repetirme recordando hoy sus reflexiones “alciónicas” en la España crispada de su tiempo o su formidable y oportuna reivindicación de Jovellanos. Me he prometido retomar los fragmentos ya escritos por mí y convertirlos en un ensayo dedicado a esas lecturas, pero eso será más adelante. Ahora sólo vuelvo a una escena de la infancia en Valladolid, que subrayé en el primer tomo de Una vida presente y que me parece hermosa. La copio, para hacerle hoy a Julián Marías la afectuosa reverencia que merece su memoria:

“Volvíamos de pasear por la Rubia, en las afueras de la ciudad. Me llevaba en brazos Filomena, porque estaba cansado. De repente me dijo: ´Ahí vienen unos cerdos´. Yo sentí viva excitación; había oído hablar de cerdos, pero nunca había visto ninguno; ahora iba a contemplarlos y ver cómo eran. Le dije a la niñera: ´Cuando lleguen cerca, déjame en el suelo´. Avanzaba en dirección contraria una pequeña piara. Lo miré con atención un poco reverencial, y cuando llegaron a mi altura me quité una gorrita que llevaba y les hice un solemne saludo, el primero de mi vida”.