miércoles, 23 de marzo de 2016
martes, 15 de marzo de 2016
Félix de Azúa y los oteadores
Félix de Azúa
Ayer, en su discurso de ingreso a la Real
Academia de la Lengua, Félix de Azúa hizo un hermoso homenaje a su antecesor en
el sillón “H”: el insigne erudito Martín de Riquer. A través del neologismo
“serendipia”, Azúa tejió un cuento en el que aparecen, además de Riquer, Carlos
Barral, Joanot Martorell, Jean de Joinville, Javier Marías y Mario Vargas
Llosa, todos en el esplendor de una memoria amable y fraterna.
Mientras disfrutaba la lectura del discurso,
recordé algunos de mis encuentros literarios por “serendipia”. Uno de ellos
fue, precisamente, en un libro de Félix de Azúa: Diccionario de las Artes,
elogiado y citado varias veces por Vargas Llosa en su discurso de respuesta al
nuevo académico. No sé si lo he escrito en alguna parte, pero de seguro sí se
lo he dicho en más de una ocasión a algunos amigos: ese libro de Félix de Azúa
es una obra maestra, única en su género, que es ser y no ser un diccionario,
ser y no ser un libro de cuentos, ser y no ser un libro de ensayos. Vargas
Llosa afirmó ayer que era lo más cercano a un tratado sobre la visión integral
del mundo de Félix de Azúa, aparte de una incitación a un debate intelectual
que todavía no hemos dado.
En la entrada “Artista” de su Diccionario, el
autor hizo uso de una fábula que nadie se la imagina allí. Por eso, la
serendipia. Es una fábula cargada de dolor y de sabiduría. Al final de la
misma, mediante una línea de crítica oblicua y elegante, sabremos alguna razón
de su presencia en esa entrada. Pero, desde luego, hay muchas otras que los lectores
podemos inferir. Se trata de un relato magistral, basado en historias contadas
por sobrevivientes. Lo copio, para que alguno lo (re)encuentre acá, por pura
serendipia. Y también, por supuesto, para celebrar al antiguo “novísimo” que
ahora es académico:
"ARTISTA.
(...). En las muchas memorias y abundantes libros de recuerdos que han ido
editando los judíos que sobrevivieron al Holocausto hay una figura que aparece
con frecuencia y cuya actividad posee un interés muy especial. Cuentan los
supervivientes que, tras ser detenidos y agrupados por la policía política
alemana y francesa, eran almacenados en trenes especiales cuyos vagones habían
servido para el transporte de ganado.
Hacinados
como reses, sin espacio para sentarse, sin apenas aire para respirar, sin más
agua que la lluvia que se filtraba por las grietas de la cubierta, millones de
desdichados atravesaron Europa de Pau a Auschwitz, de Varsovia a Dachau, de
Amsterdam a Büchenwald, durante semanas, camino del matadero. Antes de llegar
murieron muchos de sed, de hambre, de asfixia, de agotamiento, de enfermedad;
los supervivientes acabaron el trayecto pegados a los cadáveres porque no había
espacio para dejarlos reposar en el suelo.
Los
vagones, que eran de puerta corredera, traían unos mínimos respiraderos en la
parte superior, a un palmo del techo, y otros cuantos orificios en el suelo
para la evacuación de las heces. Por los respiraderos entraba la escasa luz que
permitía a los infelices saber si era de día o de noche, y, aunque pueda
parecer extraño, estos detalles cobraban para ellos una enorme importancia. Los
respiraderos superiores estaban situados a unos dos metros y medio del suelo.
Muchos
memorialistas coinciden en relatar cómo los presos de cada vagón elegían
espontáneamente a una persona para alzarla hasta el respiradero con el fin de
que fuera dando cuenta de lo que desde allí se divisaba. Solían escoger a
alguien liviano, aunque despierto, de modo que pudiera ponerse de pie sobre
algunos compañeros que con extraordinario esfuerzo le ofrecían sus riñones como
tarima. El vagón entero se retorcía con dolorosa y agotadora contorsión para
facilitar a los oteadores el acceso a la mirilla. Los presos necesitaban saber
dónde estaban, adónde los conducían, qué tierras cruzaba el tren, qué gentes
las habitaban. Para averiguarlo estaban dispuestos a los mayores sacrificios.
Pero no
todos reaccionaban igual: cuentan también que unos pocos presos se mostraban
escépticos y rehusaban colaborar. “¿Qué me da a mí en dónde estemos, si me cabe
la certeza de que voy camino del matadero?”, decían crudamente. Ponían toda
clase de inconvenientes a colaborar, y luego se negaban a oír y aun hacían
burla imitando a los oteadores. Pero hasta los más escépticos atendían
disimuladamente cuando los oteadores sabían explicar lo que veían. Porque, como
es natural, no todos los elegidos servían para la tarea y había que cambiarlos
de vez en cuando. Incluso a menudo.
Las
primeras veces que los oteadores se alzaban hasta la ventanilla no tenían
fuerzas para hablar. Llevaban quizá cuatro o cinco días a oscuras, asfixiados
por el hedor, aplastados por sus compañeros, y de pronto se elevaban y veían la
luz del sol, o la luna, o un perro, o un río. Balbucían algunas palabras y
luego se ahogaban en sollozos, o caían en un mutismo seco. Sus compañeros
solían mostrarse comprensivos y les daban un tiempo para reponerse e intentarlo
de nuevo. Algunos, con el aplomo que da la experiencia, iban adquiriendo cierto
control sobre sí mismos. Otros no podían resistir la tensión y se negaban a
seguir haciendo de oteadores pues, según decían, para soportar el horror es
mejor no ver nada y hacer como si sólo hubiera un mundo, el de los condenados a
muerte.
También
sucedía que ciertos vigías decepcionaban a los condenados porque sus relatos eran
demasiado minuciosos, exactos y científicos. “Veo una estación de ferrocarril
con dos puertas laterales y una central con trampilla de madera y herrajes de
latón, seguramente atornillados; hay en el andén un hombre de uniforme de unos
cincuenta y dos años de edad, con gafas de alambre y una pipa apagada. A la
derecha hay un hangar de doce por quince…”, decían estos malos vigías, y sus
compañeros aceptaban la información pero los sustituían de inmediato por otros
no tan rigurosos.
No
decepcionaban menos los distraídos, aquellos que daban una visión dispersa,
inconexa, improvisada y sin orden ni concierto del panorama: ahora una nube en
forma de Afrodita o una bandada de pájaros, luego una pareja de burgueses que
parecen amarse, ¿o son dos soldados discutiendo?; también irritaban quienes lo
interpretaban todo desde sus impresiones personales, como que a ellos les
parecía demasiado verde una planta o muy sucio un leñador…Ni la ciencia ni la
inocencia, ni la verdad objetiva ni la expresión subjetiva les eran de ninguna
ayuda a los condenados.
Los
oteadores más apreciados eran aquellos que referían con acierto la existencia
del mundo verdadero, libre de la tortura y del horror, un mundo luminoso pero
atado al mundo de los condenados por signos indescifrables. “Algunas mujeres de
este pueblo se han reunido junto a la estación, en el abrevadero público, y
están allí apiñadas mirando nuestros vagones con disimulo. Veo que una de
ellas, con un crío en los brazos, le señala a nuestro vagón, justamente, así
que voy a sacar la mano por la mirilla”, decía, por ejemplo, uno de los
oteadores más apreciados por los presos. Sus compañeros podían pensar entonces
que aquella mujer con el niño veía la mano, o algunos dedos de la mano,
agitándose desde la mirilla, y que quizá así la mujer se convencería de que
había gente muriendo en los vagones. Gente con manos, indudablemente. Y
guardaría memoria de ello y algún día lo contaría a sus nietos: “Yo vi a los
judíos pasar por la estación del pueblo y uno de ellos me agitó la mano, como
saludando, desde uno de los vagones.” Así parecía redimirse una parte del
dolor, aunque fuera de un modo muy ideal.
En los
buenos relatos, los presos tenían la certeza de que algo circulaba de los unos
a los otros, de los condenados a los libres, del mundo de la muerte al mundo de
la vida. Un signo indescifrable, como el rayo que desciende del cielo e ilumina
la noche un instante, ponía en relación dos universos que se desconocían
mutuamente. Y a los presos les era indiferente que de verdad el oteador hubiera
sacado la mano o que la mujer la hubiera visto, pues lo esencial para ellos era
sentirse partícipes del mundo de los vivos y pertenecientes al mismo, aunque
sólo fuera por unos segundos.
El oteador
de los vagones cargados de condenados era el único que tenía, no ya fe, sino
constancia de la existencia de otro mundo en el que las leyes permitían vivir a
la luz del sol. La vida de los condenados hacinados en el vagón era espantosa,
pero si el mundo de los vivos era verosímil, entonces la vida del vagón se
convertía en una ficción resultante del juego de otras leyes que condenaban a
vivir en el horror, sin culpa alguna ni haber sido acusados de nada. Se
mantenía de ese modo la esperanza de que el horror tuviera un final.
Mientras
el oteador era capaz de mantener la variedad del relato, mientras lograba
convencer a sus oyentes acerca de la realidad del mundo luminoso, entonces el
mundo del horror permanecía como la otra ficción. La realidad del mundo
luminoso y la realidad del mundo de la muerte se sostenían la una a la otra
como ficciones mutuas.
Sólo
cuando las leyes del mundo de la muerte y las del mundo de la vida coinciden,
sólo entonces la tarea del oteador carece de sentido y es inútil porque nadie
la necesita. Pero cuando eso sucede, como en nuestros días posiblemente suceda,
no sabemos si la indiferencia hacia oteadores, cronistas y vigías es el
resultado de la victoria del mundo luminoso (es decir, del permanente
desvelamiento de lo viviente) o el triunfo del escepticismo y la resignación de
los condenados.
Debe
prestarse atención al hecho de que ningún vigía consideró nunca su tarea como
una opción personal y libre, movida por su genialidad. Sabían que su tarea no
les pertenecía, sino que era el fruto de un pacto colectivo. El conjunto entero
de presos, en el vagón era la fuerza que alzaba o rechazaba sus observaciones.
Las visiones y relatos no eran, por lo tanto, el fruto de su carácter o la
expresión de su espíritu, sino una relación efímera e instantánea, un acuerdo
compartido por unos cuantos, por muchos o por todos, sobre la verdad de lo que
aparece en cada momento.
Añadamos,
para concluir, un último punto de gran relevancia en nuestros días. A pesar de
que las relaciones entre los condenados y los oteadores llegaron a ser muy
densas e incluso en algún vagón casi institucionales, ni uno solo de los
oteadores olvidó a cuál de los dos mundos pertenecía, aunque conociera dos
mundos igualmente reales y verosímiles. En ninguna de las memorias y diarios
que he podido leer aparece jamás un oteador que exigiera ser mantenido por la
comunidad de los presos”.
--
En su discurso, hablando de Martín de Riquer,
Félix de Azúa nos dejó esta frase que, aquí y ahora, deberíamos encontrarle
resonancias:
“La heroicidad también depende de saber mantener
las formas”
P. D: Otra imagen entrañable estampada ayer por
Félix de Azúa, es la de Carlos Barral, diciendo emocionado “el formidable poema
de Bertran de Born que comienza con el verso Be’m platz lo gais temps de pascor. Se lo sabía de memoria. Es un
poema de júbilo por la llegada de la primavera”.
FCC, 14-03-16
domingo, 13 de marzo de 2016
El pintor cubano de la película de Hitchcock
Fidelio Ponce de Leon, Cinco mujeres, 1941
Mientras Rupert Cadell disfruta del postre, Mrs.
Wilson se queja del cambio que sus jefes hicieron para la fiesta de esa noche.
Ella había dejado puesta la mesa, y al retornar a casa encontró que todo
(comida, bebidas, platos, cubiertos, candelabros) estaba en un lugar nada
apropiado: un baúl en el que los dueños del apartamento guardaban libros. Sin
querer, Mrs. Wilson le revela al sagaz profesor Cadell detalles que lo ayudarán
a descifrar lo ocurrido allí unas horas antes. Al fondo, podemos apreciar un cuadro.
Es una obra del pintor cubano Fidelio Ponce de Leon, cuyas figuras, según
Lezama Lima, poseen “actitudes de asomos sugerentes” y “desapariciones
letales”. Esta última expresión se aviene, por cierto, con lo que ya se imagina
el suspicaz personaje encarnado por James Stewart, quien sigue con su helado y
oye con interés indagatorio el relato de la señora Wilson (Edith Evanson).
La escena corresponde a La soga (1948), rodada
por Hitchcock en un único escenario y en la cual demostró ser un maestro del
plano secuencia y de otras sutilezas técnicas.
--
Guillermo Cabrera Infante, en uno de los ensayos
de Mea Cuba, se refirió a Fidelio Ponce de León y al cuadro de “La soga”, en
estos términos, totalmente “cabrerainfantescos”:
“Una de sus mejores telas cuelga para siempre en
la pared de un elegante (y falso) piso de un Nueva York ilusorio, desde donde
domina el escenario único de La soga, la famosa película de Hitchcock. Ponce,
que se pasaba la vida preguntando a los amigos y enemigos ‘¿Me conocen de verdad
en París?’, nunca vio la cinta. Murió, tuberculoso y en la indigencia, antes de
que La Soga se estrenara en La Habana…”.
Lezama calificó a Fidelio como un pintor de
sombras. Hoy, que volví a ver “La soga”, estuve pendiente de Fidelio y busqué
después algunas reproducciones de sus cuadros.
Creo que tenía razón Lezama, quien fue “el mejor crítico
de arte del grupo Orígenes”, al decir de Prats Sariol y de José Jiménez.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Juan Antonio Navarrete y la lámpara perpetua
Lámina de un ejemplo de mecanismo de órgano hidráulico mostrado por el Padre Athanasius Kircher en "Musurgia Universalis", 1650.
Que el Padre Kircher haya usado –como informa Feijóo-
una mecha de amianto que duró años encendida, le parece empresa “loca e
imposible” a Navarrete. “Tan imposible como loca”, precisa en una entrada de su
Arca de letras y Teatro Universal.
Por pocas que fuesen, las referencias al curioso
jesuita alemán no podían faltar en una obra tan vasta y variada y de evidentes
atributos kircherianos. La primera mención es, precisamente, esa de la lámpara
alimentada con el aceite extraído del amianto, de cuya perpetuidad descree
nuestro fraile. La segunda se refiere a
una palabra aplicada al arte musical que le sirvió a Kircher para titular uno
de sus libros: Musurgia Universalis.
Fray Juan Antonio Navarrete nos informa:
“MUSURGUS,
MUSURCHUS, MUSURGIA: Es voz que explica cosa de dirección de música. El arte de
esta dirección se llama Musurgia. El Maestro de Capilla, que llamamos en la
música, es en latín Musurgus, como lo pone el Calepino 7 lenguas (…). El Padre
Kirker dio este nombre a una obra que imprimió en Roma en dos tomos en folio
año de 1690. Y advierto que Terreros escribe Musurjia con j, en lugar de g,
porque así se quiten equivocaciones como lo advierte al principio de la letra
G, por cuya razón poco usa la g poniendo la j en su lugar”.
--
Por nuestra parte, podemos advertir que
Navarrete primero uso “ch” en el apellido del jesuita y después escribió “Kirker”,
tal como aparece en el lomo de la obra del Padre Athanasius que vio el pintor Cabrera
en la biblioteca de Sor Juana. No es descartable, por supuesto, un involuntario anacronismo
del editor.
--
Umberto Eco, que escribió acerca de Kircher y se
sintió atraído por sus “empresas locas e imposibles”, probablemente se habría
interesado en nuestro singular franciscano, no menos “emprendedor” de saberes
que el alemán, a cuyo linaje erudito y lúdico, también perteneció.
martes, 8 de marzo de 2016
Un "tente en el aire" literario (sobre Fray Juan Antonio Navarrete y su diario enciclopédico)
“Tente en
el aire. Casta de gentes en la América. Vé Mestizos, fol, 129, No. 21. En la
descendencia de mulata casada con español, los hijos llaman Cuarterones. Pero
una Cuarterona casada con español, engendra hijos que llaman Quinterones. Y si
una Quinterona casa con español, los hijos son Requinterones. Y si una
Requinterona casa con español, sus hijos son los que se llaman, Tente en el
aire. Y una Tente en el aire casa con español, entonces los hijos son blancos y
llamados Castizo-Español. Pero si la Tente en el aire casa con mulato, entonces
la descendencia y casta vuelve para atrás y el primer grado es Cuarterón”.
Lo anterior no es una cita de un libro sobre castas
americanas. Es una entrada del Arca de las Letras y Teatro Universal
de Fray Juan Antonio Navarrete.
Antes de pasar a la siguiente anotación (a la
que iba, en principio), pienso en los géneros y en sus infinitas combinaciones.
Precisamente, el rarísimo libro (libro de los libros) del guameño Navarrete,
parece ser la mayor muestra venezolana de esos juegos: un prodigioso tente en el aire literario, situado en
el límite de numerosas escrituras, incluida la poética, como lo revela la
hermosa dedicatoria a la “Madre Dignísima del Verbo Eterno”: la “verdadera Arca
de Letras”, a cuyo manto se acogió el ilustre franciscano para emprender su
recorrido por “doctrinas sanas, noticias útiles y cosas saludables”.
Muchos son los cruces en esta enorme Arca de Navarrete, quien, como Novalis
(y mucho antes, Athanasius Kircher), pensaba que todo debía ser enciclopedizado.
Y a ese afán dedicó su vida, iniciada el 11 de enero de 1749, en Guama,
entonces “jurisdicción de San Felipe, Provincia de Caracas” y concluida no se
sabe exactamente dónde ni cuándo. Blas Bruni Celli, el más completo editor
(hasta ahora) del Arca de Letras y Teatro Universal, supone que Navarrete debe
haber muerto en algún lugar de Guayana, aventado por las desgracias que produjo
la pérdida de la segunda república. García Bacca, por su parte, estima que eso
debió ocurrir hacia 1814, “a juzgar por la interrupción del Diario”.
Para José Balza, quien leyó con efusión y
asombro el “Arca”, Navarrete podría ser “un puro precursor del cuento venezolano”.
--
Iba a mirar hoy lo que Navarrete dijo en su
portentosa enciclopedia acerca de Lope de Aguirre, pero me encontré con la
entrada anterior y me quedé pensando en que la humorada racial “tente en el
aire”, bien podría servirnos de metáfora para aproximarnos a la armonía
primigenia de este libro fascinante y plural.
Ya habrá tiempo para comentar la otra entrada,
la referida al célebre “peregrino” vasco que mataron en mi ciudad,
Barquisimeto. Ahora busco una imagen de 'Tente en el aire' para acompañar esta
nota y ver la referencia de Mestizos
en el folio 129, en la que se cita a Moreri y sus "Criollos", quien,
al decir del guameño, tiene todo lo que se desea "hasta de la casta tente
en el aire".
(Cuando se menciona a Navarrete, no sólo debemos
recordar a Juan David García Bacca, Blas Bruni Celli y José Balza. También a José Antonio Calcaño y
a Manuel Pérez Vila. Y en mi caso, a un escritor yaracuyano que pasó muchas
horas en la Biblioteca Nacional trajinando con el Arca: Orlando Barreto. A él debo la primera descripción del libro de Navarrete, en los días en que
junto a otros amigos comenzábamos la aventura de fundar una universidad en San
Felipe, y en Guama, la hermosa tierra del fraile).
Ella misma comprará las flores
Imprimía libros junto a su esposo. Cocinaba y tejía. Sus sobrinos dieron cuenta de la calidad de sus panes. Acá está, retratada por Vanessa Bell, su hermana, otra artista singular
Virginia Woolf paseaba por los patios y jardines
de Oxbridge “en una bella mañana de octubre”. Imbuida por el espíritu de paz
que allí reina, se acordó de pronto que en la biblioteca se preserva un
manuscrito de su pariente Thackeray. Aprovechando que estaba muy cerca y deseosa
de precisar algo del estilo, fue a examinarlo. Esto le pasó:
“….me encontraba ya ante la puerta que conduce a
la biblioteca misma. Sin duda la abrí, pues instantáneamente surgió, como un
ángel guardián cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar
de alas blancas, un caballero disgustado, plateado, amable, que en voz queda
sintió comunicarme, haciéndome señal de retroceder, que no se admite a las
señoras en la biblioteca más que acompañadas de un ‘fellow’ o provistas de una
carta de presentación”.
--
Hoy es su día. La señora Dalloway dijo que ella
misma se encargaría de comprar las flores. Nessa traerá un nuevo cuadro. Felicidades.
miércoles, 2 de marzo de 2016
Acá, no lo escucharíamos
Releo las conocidas palabras que un respetado intelectual escribió cuando el país necesitaba de su voz:
“Desde que
mi generación asiste a la vida pública no ha visto en el Estado otro
comportamiento que esa especulación sobre los vicios nacionales. Ese
comportamiento se llama en latín y en buen castellano: indecencia, indecoro. El
Estado en vez de ser inexorable educador de nuestra raza desmoralizada, no ha
hecho más que arrellanarse en la indecencia nacional.
Pero esta vez se ha equivocado…”
(..)
No
discutamos ahora las causas de la Dictadura. Ya hablaremos de ellas otro día,
porque, en verdad, está aún hoy el asunto aproximadamente intacto. Para el
razonamiento presentado antes la cuestión es indiferente. Supongamos un
instante que el advenimiento de la dictadura fue inevitable. Pero esto, ni que
decir tiene, no vela lo más mínimo el hecho de que sus actos después de advenir
fueron una creciente y monumental injuria, un crimen de lesa patria, de lesa
historia, de lesa dignidad pública y privada. Por tanto, si el Régimen la
aceptó obligado, razón de más para que al terminar se hubiese dicho: Hemos
padecido una incalculable desdicha. La normalidad que constituía la unión civil
de los españoles se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado.
No existe el Estado español. ¡Españoles: reconstruid vuestro Estado!”
Las citas corresponden
al célebre artículo que Ortega y Gasset publicó en El Sol el 15 de noviembre de
1930, que terminaba con estas líneas:
“…somos
nosotros (…) gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios,
quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado
no existe! ¡Reconstruidlo!
Delenda
est Monarchia”
Cinco meses después, el pueblo, mediante
elecciones, cumplió con el llamado.
--
Creo que nuestro país está tan mal, que si
hubiese un intelectual respetado por la mayoría, y capaz de decirnos hoy
-mutatis mutandis- algo semejante a lo de Ortega, no lo escucharíamos.
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